20 de Septiembre de 2018

Opinión QRoo

La seguridad según Husserl

El tema de la seguridad –o inseguridad, depende de si quiere vérselo desde una postura positiva o negativa– en el Quintana Roo...

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El tema de la seguridad –o inseguridad, depende de si quiere vérselo desde una postura positiva o negativa– en el Quintana Roo de 2017 ha sido tratado con excesiva complacencia, como si viviéramos en una pintura del naïf Henri Rosseau “el Aduanero”, con leones sonrientes y pacíficos jugando con gacelas confiadas, al igual que con dramatismo apocalíptico, cuando sin importar si se trata de un pleito entre narcotraficantes o de una riña entre borrachos el suceso de nota roja produce titulares  en los medios como “Baño de sangre en Quintana Roo” o “Quintana Roo se desangra”.

“Bánjele”, diría Edmund Husserl, el filósofo moravo que fundó la escuela conocida como Fenomenología, que afirmaba que para conocer era necesario acceder al hecho en sí, despojándose el observador de todo conocimiento ajeno al mismo. Diríamos que para el método fenomenológico es indispensable hacer a un lado todo prejuicio.

Estamos hartos, en serio: revisamos un medio gobiernista, de corte oficial, y todo parece miel sobre hojuelas; checamos una publicación hostil al poder y pareciera que la película Apocalipsis ahora de Francis Ford Coppola fuera comparativamente un paseo por Six Flags. ¿Qué no hay alguien que piense? ¿Existe medio alguno capaz de informar al receptor de mensajes de manera objetiva, como para que sea capaz de entender su propia realidad?

Husserl decía que como método de acercarse al conocimiento, según la fenomenología, era necesario poner todo conocimiento previo, sin importar su origen, su credibilidad, su pretendida validez epistemológica o su aceptación cultural y social entre paréntesis –epojé, fue el vocablo griego que usó–: los hechos habrían de presentarse como son, tal cual, y de ahí debiera surgir el auténtico conocimiento. La verdad.

No nos sorprende, ciertamente, que esto hoy en día se considere imposible. La propaganda nazi creada por Joseph Goebbels, si alguna duda cabía, aparentemente demostró que permanecer inmune a las influencias del poder –formal o fáctico– adueñado de los medios de comunicación era casi imposible si de masas no muy ilustradas se trataba, y aún tenía influencias dramáticas entre las esferas más cultas de la sociedad.

Pero volvemos a la disyuntiva entre entender algo de manera negativa o positiva: del nazismo y del facismo, del archipélago Gulag y de Guantánamo algo debiéramos de haber aprendido. Por lo menos ahora nos debería quedar claro que cuando Jacobo Zabludowsky dijo en su noticiero el 2 de octubre de 1968 que no había pasado nada en Tlateloco mientras ocultaba una masacre mosntruosa en la Plaza de las Tres Culturas, o que el día en que Fidel Castro al tomar el poder pretendió haber actuado a nombre de los explotados en Cuba cuando se disponía a instaurar una dictadura varias veces más larga y autoritaria que la del derrocado Fulgencio Batista, por ejemplo, nos estaban engañando utilizando prejuicios y supuestos con los que contaban. Pero seguimos siendo víctimas de la propaganda.

En asuntos de seguridad para nuestro estado, “borgistas” o “joaquinistas”, periodistas consentidos o corrompidos por el régimen anterior o por el actual, todos aquellos que no se propongan abordar nuestra realidad en sus términos objetivos sino hacer propaganda, negativa o positiva, son enemigos de uno de los valores más caros para los quintanarroenses, que es su vida pacífica y constructiva a favor de sus familias y comunidades.

A usted que lee, escucha y ve, que navega en internet y se la vive en Facebook, un consejo le damos: no les crea a quienes aseguran que nuestro estado naufraga en un pantano de ácido sulfúrico por la inseguridad y el demoniaco imperio de la delincuencia, pero tampoco a los que juran que, como dice la canción, estamos tocando los dinteles de la gloria. Ponga a esos agoreros y seráficos profetas entre paréntesis, en el epojé de Husserl. Exija datos, pruebas y verdades, lector. Ya no se deje engañar.

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