18 de Diciembre de 2017

Opinión QRoo

La tierra de la eterna frustración

La opinión pública es un ente en el que no se puede confiar totalmente, pues su naturaleza recelosa hace imposible darle crédito por lo que dice o dice que hace...

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La opinión pública es un ente en el que no se puede confiar totalmente, pues su naturaleza recelosa hace imposible darle crédito por lo que dice o dice que hace. En tiempo de redes sociales, esta problemática se ahondó.

Los usuarios, así como enarbolan la bandera de la información, también son fácilmente manipulables. Con una buena estrategia o una cara bonita, las redes se rinden al embrujo y hacen o piensan lo que el “influencer” les mande, e incluso, lo defenderán a más no poder, aún sea una causa perdida, pues poco hay tan gratificante en internet como sentirse el héroe de una tragedia global y filosófica.

En este punto viene el problema. Las redes sociales de hoy, evidentemente no son las mismas de hace cinco o siete años, pero tristemente, este cambio no ha sido del todo benéfico. Si bien son más poderosas y extendidas, a la par, los usuarios son hartísimo más frustrantes, cínicos y deprimentes. ¿Por qué? Porque la realidad le gana la partida a los ideales de libertad que promueve el mundo digital.

Producto de cada causa perdida, desde una campaña para salvar animales, los señalamientos contra un político amparado o un funcionario bien sujeto al hueso; los usuarios se dan cuenta que todos los “tweets”, “likes” o publicaciones en Facebook sirven para lo que realmente valen: nada. El mundo giró y las cosas ocurrieron tal como debían, ignorando los millones de “me gusta” de los ciudadanos digitales. Obviamente, esto no siempre ocurre, pero seamos honestos, para las situaciones que valen la pena, los movimientos en línea son de poca ayuda si no están respaldados por un “poder tradicional” en el mundo real.

La frustración se apodera de las redes sociales. Miles de causas perdidas (sólo hay que visitar Change.org) provocan el desánimo y la baja calidad de contenido de las redes hoy día, en parte, porque sus nuevos usuarios no están acostumbrados a esa cualidad tan importante en los seres humanos: la paciencia.

Ante el primer escollo en Twitter o Facebook, se pierde el interés en las campañas que se dice defender, pues las convicciones son pocas, y la pose, mucha. Si el resultado no es inmediato, el ciudadano digital, si bien puede que no se rinda del todo, cae en el desencanto y la frustración cuando sus ideas no tienen la difusión o los “retweets” que esperaba, minando así sus principios, esos que tenía “bien cimentados” cuando inició su participación que él creía fundamental.

Un buen ejemplo de esta situación ocurre con los casos de Javier Duarte y Roberto Borge. Todo el país está pendiente de lo ocurrirá con los ex gobernadores, pero en lo que se cumplen los tiempos que marca la ley para ponerlos donde merecen, en las redes sociales ya se les proceso, juzgó, sentenció y ejecutó como a Luis XVI en la guillotina: sin dilación y con toda la saña que tiene el mexicano para con sus gobernantes caídos.

Pero, toda es frenética actividad en redes sociales no se empata con la “lentitud” del proceso legal, hecho que genera más suspicacias y “sospechosismo” del que podemos imaginar. Para cuando la justicia (en el mejor de los casos) se cumple, muchos usuarios ya perdieron interés en el caso y minimizan el éxito (que todos esperamos) de poner tras las rejas a los funcionarios corruptos.

Para librar estos escenarios tan desalentadores, es importante respaldar las campañas informativas, incluso las “cruzadas” sin sentido, con hechos fuera del mundo digital: en la realidad, con la gente, aunque no esté del todo conectada con las redes sociales.

Sabemos que para los usuarios de hoy es casi impensable que alguien no esté pendiente de la web, pero muchas veces, desconectarse un poco ayuda a comprender la realidad de internet, pues a fin de cuentas, lo que pasa “allá fuera”, es la base cuanto ocurre “acá en línea”.

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