19 de Septiembre de 2018

Opinión QRoo

El ocaso influencer

Todo lo que sube tiene que bajar, y aunque Lisa y Bart diga que Bob Hope, Sinatra y Tom Jones aún la rifan...

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Todo lo que sube tiene que bajar, y aunque Lisa y Bart diga que Bob Hope, Sinatra y Tom Jones aún la rifan, lo cierto es que en redes sociales, la popularidad dura hasta que nos topamos con la realidad.

Mucho se ha dicho sobre la necesidad de likes que tenemos los usuarios de redes sociales y el narcisismo que esto conlleva y auto genera en nuestras mentes. Podemos compartir la mejor idea o fotografía, pero si no obtiene la aprobación del gran público web, no sólo se perderá en el timeline, sino que nosotros mismos la desecharemos y hasta nos sentiremos avergonzados de haberla subido. Si eso pasa entre los usuarios de a pie, qué cosa no pasará con aquellos que son, propiamente, generadores de contenido.

Poco a poco, las estrellas de internet se apagan, los millennials crecen y con ello pierden la gracia que los hacía únicos, algunos porque jamás fueron realmente singulares y simplemente representaban a una generación de usuarios de internet que crecieron y no supieron evolucionar dentro de la web; y otros, también a causa de la brecha generacional, se dan cuenta de que ya no pueden seguir viviendo a expensas de cuántos me gusta o seguidores logran con cada video.

Los vloggers, tal cual sucedió con los bloggers, son famosos o “necesarios” en tanto pertenezcan a un grupo generacional preponderante que comprenda y alimente su contenido, ya que, sinceramente, existen muy pocos que tengan algo original que contar o compartir en las redes sociales. La mayoría navega con la corriente que provocan los deseos millennials o los “tags” de chistes sencillos, en espera de algún chispazo mental para grabar algo que los destaque del montón y les devuelve la gloria y fama.

Pero el chiste deja de tener gracia cuando estos singulares personajes salen de la zona de tolerancia. A un jovencillo de 22 años aún se le puede creer que transmita sus aventuras disparatadas, pero en un adulto de treinta y tantos eso ya se ve anacrónico, y algunas veces, hasta desesperado por caer en la zona de confort e ideas comunes de contenido que cualquiera con dos neuronas en la cabeza puede dilucidar por su cuenta y sin aventarse un video de veinte minutos.

Cosa distinta sería si, honestidad por delante, siguieran con su canal mostrando la evolución de joven a adulto youtubber, sin sentir vergüenza de perder likes, tendencias o ver que el canal no avanza dentro del canon millennial porque ya no se pueden conectar con el principal mercado generacional de suscriptores.

Aceptar que se está fuera de onda no es fácil. Para muchos vloggers, lo más sencillo es desaparecer paulatinamente, espaciando la generación de contenido hasta el extremo de ser tendencia cuando por fin sube algo a la red, sólo para perderse nuevamente y ahora sí, ser parte del muro de los caídos.

Pocos influencers tienen la valentía de decir “hasta acá llegué porque ya no puedo ser ‘original’”, aunque la realidad sea otra: cuando cierran sus canales es cuando aceptan que tienen personalidad propia, y no la del personaje que sus suscriptores crearon a expensas de sí mismos.

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