18 de Noviembre de 2018

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El amor de una madre ha sido exaltado como el ejemplo supremo de fortaleza...

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El amor de una madre ha sido exaltado como el ejemplo supremo de fortaleza, de lucha, de abnegación, y de sacrificio dispuesto a dar la propia vida por los hijos. Ejemplos de amor sacrificial habrá muchos, pero ninguno se comparará con el que está dispuesta a hacer una madre en bien de sus hijos. Una madre es el ejemplo de fortaleza para sus hijos. Sin importar cansancio, desvelos, enfermedad, penurias o tristeza, se levantará lo mismo para alimentarlos en su infancia, que para preparar el desayuno en la adultez antes de comenzar un día más de brega. Sin importar el frío, la lluvia o las adversidades, estará ahí en la junta de padres de familia, en el festival escolar para brindar el apoyo que sus hijos necesitan, para dar aliento en la tristeza. Estará al pendiente de las tareas escolares, y mucho después que se hayan dormido velará por ellos. Preparará lo que sea necesario para comenzar el día mañana. Día tras día, hasta ver a sus hijos e hijas partir por esa puerta para comenzar su propia historia, laborando, o al lado de quien les acompañará por el resto de la vida. Aunque llegue el momento de la separación, para ella serán siempre sus bebés. Y siempre, sin importar el tiempo transcurrido, la distancia, la hora, o la edad, estará a su lado cuantas veces sea necesario.

Ningún amor humano se compara al amor de una madre, porque la maternidad es la fuerza divina para cuidar al fruto de su sangre, de todo y contra todo. No en balde se ha exaltado la maternidad como el ejemplo del amor supremo del ser humano. Para impulsarlos o corregirlos. Para sacarlos de la desgracia o alentarlos a la victoria. Sólo hay una explicación para el sacrificio que una mujer está dispuesta a hacer por sus hijos: Porque es su madre. Porque una madre es el regalo que Dios concedió a sus hijos para consolarlos en tiempos de aflicción, para alentarlos en tiempo de derrota, para impulsarlos hacia el triunfo. Ella se goza en sus alegrías y se duele en su penar. Los alienta cuando las esperanzas han muerto, y les recuerda que al final del túnel hay una luz. Es quien enjuga sus lágrimas en tiempos de tristeza, y también en tiempos de alegría. Una madre es el regalo de Dios para amarlos antes de nacer, y mucho después de que hayan partido.

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