12 de Diciembre de 2017

Chetumal

Oxtankah: Del inframundo hasta el edén

La zona arqueológica cautiva la atención de miles de turistas por sus maravillosas esculturas e historia

Oxtankah han presentado un incremento en su relevancia histórica para el turismo local. (Ernesto Neveu/SIPSE)
Oxtankah han presentado un incremento en su relevancia histórica para el turismo local. (Ernesto Neveu/SIPSE)
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Ernesto Neveu/SIPSE
CHETUMAL, Q.Roo.- El sitio, testigo de las incursiones evangelizadoras de los españoles del siglo XVI en la Península de Yucatán, mantiene un especial ambiente de espiritualidad y misticismo al encontrar entre sus muy bien conservadas estructuras, la mezcla de mundos y culturas diferentes, en un entorno actual que embelesa los sentidos entre el sopor de la selva y el impacto visual de lo inesperado, sobre todo para el visitante foráneo, de los que no hay muchos durante el año.
 
Oxtankah, dónde se habría consumado el primer mestizaje de la América de los conquistadores, está a escasos 15 kilómetros de Chetumal en dirección norte. Ahí, entre templos consagrados y deidades mayas, tumbas de sacerdotes y gobernantes milenarios, los españoles levantaron una capilla cristiana, como para liquidar el más recóndito resquicio de veneración a los dioses de la fertilidad, del día, la noche y el inframundo.
 
El choque de culturas es comentado por el arqueólogo Fernando Cortés de Brasdefer, investigador de vasta experiencia en el tema y quien durante los años 80 exploró el sitio. Esa estructura consagrada al dios de occidente, hecha de la misma piedra de los templos circundantes, con un amplio arco en el acceso principal, contaba con un altar, la sacristía, una barda que delimita el atrio y varias plataformas.
 
La techumbre seguramente que fue fabricada con madera y palma, materiales ligeros, y habría sido una especie de referencia, para posteriores incursiones, de la presencia de españoles en la nueva tierra, a orillas del Caribe.
 
El propósito del destacado antropólogo en ese entonces, fue probar que los restos de Oxtankah efectivamente correspondían a la antigua Villa Real de Chetumal, pero el Instituto Nacional de Antropología e Historia (Inah) asume ésta como otra de tantas hipótesis sobre el sitio en el que el barbado capitán español Gonzalo Guerrero y la princesa Zazil-Há, hija del cacique local, se habrían unido para dar vida al primer americano mestizo en 1515.
 
Hay historiadores que afirman que Oxtankah estaba abandonada 600 años antes de la llegada de los ibéricos a esta tierra, pero también hay quienes insisten en que en el lugar se asentaban varias familias nativas cuando los españoles naufragaron en las costas vírgenes del hoy estado de Quintana Roo.
 
Más de diez años de investigaciones en el sitio premiaron a la arqueóloga Hortensia de Vega Nova con el hallazgo de siete tumbas, el más reciente de ellos a principios del siglo XXI, en la estructura más alta de la Plaza de Las Columnas, una de los dos más importantes de Oxtankah (la otra se denominó Plaza de las Abejas).
 
Fue ella misma quien restauró el mascarón de estuco que se exhibe en el centro ceremonial y comercial de los antiguos mayas.
 
Pero además de los edificios ya restaurados –que son varios-, la zona arqueológica muestra signos de la actividad que se dio en torno a ella en sus tiempos de esplendor, señala el Inah el periodo 300-600 de nuestra era, cuando las estructuras monumentales fueron erigidas.
 
Hortensia de Vega asienta en sus apuntes que el área comprende al menos 12 sitios arqueológicos y, muy cerca de Oxtankah, en una zona que no ha sido totalmente explorada por investigadores y que se llama Ichpaatún, hallaron hace unos años amplios habitáculos por debajo del nivel del suelo, escalones en descenso y pasamanos tallados en piedra con representaciones de alguna deidad, pero en su mayoría enterradas, además de algunas pinturas rupestres alusivas a la actividad comercial y cacería que se desarrollaba en los alrededores.
 
En ese entonces, no hubo quien pudiera explicar lo que había pasado. Una muralla de metro y medio de altura por uno de espesor aparece repentinamente en la tierra relativamente alta de Ichpaatún, y se pierde en las aguas de la Bahía de Chetumal, como delimitando barrios o cacicazgos.
 
No hay templos ni plazoletas, ni vestigio alguno de personajes de mayor peso social o religioso. Se asimila a un conjunto habitacional que probablemente fue enterrado por sus moradores antes de abandonarlo. Esa migración ha sido considerada como un misterio de los mayas antiguos, aunque sabemos dónde están sus herederos.
 
En su conjunto, la zona de Oxtankah y sus alrededores, con sus chultunes (pozos de estrecha boca y amplia cavidad para almacenar agua dulce), sus pasillos, plazas, templos, un cenote dinamitado por error y la densa vegetación, es una experiencia que bien valdría la pena vivir, quizás sin la majestuosidad de otros sitios arqueológicos de la Península, pero sí con esa percepción de estar inmerso en un paraje mágico, misterioso, a grado tal que uno pudiera visualizar a aquella casta milenaria en perfecta armonía con el entorno natural, prodigándose nada más que de lo indispensable para vivir relativamente cómodos y bien organizados.
 
El templo cristiano en Oxtankah quizás haya sido cimentado para quebrantar la fe de hombres y mujeres de la época, pero la grandeza de esa estirpe sigue dando enseñanzas y planteando encrucijadas a los estudiosos aún en estos tiempos modernos.
 
Falta mucho por hacer. Lo dijeron en su momento quienes tuvieron el privilegio de incursionar en lo más recóndito de la memoria del pueblo Maya y que tuvimos el privilegio de conocer: Fernando Cortés de Brasdefer, Hortensia de Vega Nova y Enrique Nalda Hernández, entregado investigador fallecido apenas hace un par de años.

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