12 de Diciembre de 2017

Opinión QRoo

Políticos buenos para una buena política

Un buen político debe tener un compromiso con la realidad que pretende transformar.

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“La política es como el narco: nada más muerto sales de ella”. Y en verdad tiene mucho de razón, pues solo muerto deja de hacer política quien realmente la trae en la sangre. Quizá en varios momentos no se tengan cargos relevantes, quizá no sea presidente de la república, secretario de Estado, Senador, Diputado o Gobernador; pero el político subsiste hasta en el inframundo.

En primer lugar, un buen político debe tener un compromiso con la realidad que pretende transformar; buscar el conocimiento y la información necesaria no sólo para operar en la realidad sino para transformarla, no quedarse en el mero diagnóstico. Por eso es crucial rodearse de asesores que están al día y que le brindan conocimientos para entender y tratar de modificar la realidad.

Hoy vemos gobiernos estatales y municipales que van dando tumbos, cometiendo errores constantes que han generado malestar entre la población. Un ejemplo claro es que el artista y el político son enemigos o deberían serlo. No quiero decir que sean enemigos personales, pero la naturaleza de ambos oficios los sitúa en bandos opuestos y creo que irreconciliables.

Un artista de raza no dejaría de hacer arte para dedicarse a las intrigas y conspiraciones de la política: sentiría que le han mutilado la parte más rica de su vida. Del mismo modo, un político que ha nacido para el juego del poder se sentiría aburrido, fracasado, perdedor, si se apartara de la arena política para tentar suerte en el arte.

Hoy la política ha caído en desgracia. Es un concepto peyorativo, desgastado y el ejercicio de la política muchas veces simboliza lo peor de la condición humana. Sin embargo, no puede haber democracia sin política, ni habrá justicia sin buena política. El momento de transición que vive el país entre la guerra y la paz invita a reflexionar en serio sobre estos dos temas: justicia y política son dos realidades inseparables, pero hay que impedir que la mala política afecte la justicia.

El país sabe que cuando la mala política se mete en el terreno de la justicia se agudiza esa dolorosa etapa de decepción, descontento, desinterés y desprecio de los ciudadanos por la política y los políticos. Algunos políticos debieran tomar por la mañana una cápsula de paciencia y humildad para escuchar y leer las opiniones y las preguntas del pueblo, de los periodistas y/o de los comentaristas. Esas voces nutren los programas que llevan a cabo los gobiernos de los tres niveles y de los tres poderes. Ese suplemento alimenticio es completamente gratis, solo es cuestión de voluntad y verán cómo pueden disfrutar más sus actividades.

La gente quiere hechos, no discursos; sentencias, no señalamientos inocuos. Aquí hay proliferación de normas de probidad, transparencia y rendición de cuentas, pero seguimos anclados en lugares destacados de los corruptómetros.

Hace tiempo se corrió la frontera ética y ser corrupto paga en muchos sectores, cuando la aceptación social de algunos comportamientos es, paradójicamente, expresión del desprecio hacia quienes trabajan en el fangoso terreno de lo político. En 18 años de experiencia como periodista, solo he conocido a un puñado de políticos ganadores, los demás son charlatanes, embusteros, ceros a la izquierda en términos de creación de riqueza. Pero también existen los políticos fracasados que compiten una y otra vez y nunca ganan y nadie sabe de qué viven, cómo consiguen donantes, quién les gira los cheques o les entrega los maletines furtivos para pagarse los largos años que se dedican a la vida política, que es por definición ociosa, improductiva y diría que parasitaria.

El ejercicio de la política no puede continuar siendo una empresa con ánimo de lucro. Entre más corroída esté la política, más campo habrá para las patologías que afectan la justicia y el funcionamiento del Estado. Sin buena política no hay buenas políticas. Un gran paso será reinventar la política, para que nunca más ejercerla sea sinónimo de deshonra. Nuestro país podría dar un gran salto cualitativo cuando los políticos ganen, de nuevo, el derecho a optar al título de honorables.

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