18 de Diciembre de 2017

Opinión QRoo

Usuarios condicionados

Todo tiene un pro y una contra. Internet nos permiten conocer muchas realidades y puntos de vista que enriquecen nuestra vida y la forma en cómo la vemos...

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Todo tiene un pro y una contra. Internet nos permiten conocer muchas realidades y puntos de vista que enriquecen nuestra vida y la forma en cómo la vemos, pero esta bondad no está exenta de un costo: la pérdida del libre albedrio.

Más allá de las cuestiones de la privacidad, o sobre quien es dueño de la información alojada en “la nube”, las redes sociales crearon un efecto de amalgama, de uniformidad sobre lo que es “necesario” y lo que no para ellas mismas, escenario en el cuál no cumplir con los cánones de la conciencia colectiva, equivale a un pecado digno de la crucifixión, para estar acorde con Semana Santa.

Como en tiempos de Jesús, los fariseos y sus agentes controlan lo que es bueno y malo, mucho más allá de la conciencia social (en este caso, las redes sociales). Esclavos del qué dirán, los usuarios no tienen más remedio que acatar las reglas para no perder las mieles de la comunidad, pues sabemos el caro precio del olvido y la deshonra.

Los usuarios prefieren guardarse sus opiniones divergentes con tal de seguir siendo parte de la red, prefiriendo no enviar su comentario en Facebook por temor a romper el “código moral” de su grupo o página favorita, incluso, sabiendo que lo que se está publicando es falso o tendencioso. Nuestra opinión es tan válida como el que más, sin embargo, decidimos suprimirla con tal de seguir en la comunidad global, aún a costa de la individualidad.

La tradición de Semana Santa dicta que los seguidores de Jesús poco pudieron hacer por él ante la muchedumbre que pidió la libertad de Barrabás. Lo mismo pasa hoy día, sin que lea a blasfemia, cuando el colectivo digital se casa con una idea, no hay poder humano o web que lo haga cambiar de opinión, mucho menos cuando se trata de crucificar a alguien.

“You’ve got mail!”

El uso de Twitter, Facebook, Instagram, Snapchat y sobre todo, WhatsApp, inhiben nuestra conciencia individual, desde el tiempo mismo de respuesta. ¿Por qué reaccionamos con rapidez al escuchar una notificación del teléfono? ¿Por qué odiamos ver un “mensajito” en rojo en los íconos de las aplicaciones? Porque estamos condicionados ya a darle importancia mayor a la que tiene. Regalamos nuestra libertad a las nuevas reglas de redes sociales, en detrimento de lo que en la vida real estamos haciendo.

De por sí los mexicanos tenemos una curiosa tendencia a evitar en todo lo posible decir “no”. Somos demasiado educados para negarnos a algo, y tal vez por eso nos cuesta tanto negarnos a revisar el teléfono, máxime si ya lo tenemos como nuestra única ventana de interacción social.

Los tiempos cambian, eso no está a discusión. La comunicación de hoy en día pasa por internet, las redes sociales y los teléfonos inteligentes, y así debe de ser, pero no en perjuicio de nuestra individual concepción sobre la importancia de las cosas. Somos nosotros quienes debemos establecer prioridades, no las notificaciones. ¡Vamos! Si algo realmente importante vendrá del teléfono inteligente pues nos llamarán, que a fin de cuentas, también para eso sirve el “smartphone”.

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