18 de Junio de 2018

Opinión

11 millones, entre la espada y la pared

Reyna Montoya forma parte del grupo United we Dream, que promueve el proyecto de ley que daría ciudadanía a miles de jóvenes traídos a este país siendo niños.

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Reyna Montoya llegó a Estados Unidos hace más de diez años junto con su madre Rosy Sandoval. 

Originaria de Nogales, Sonora, Reyna ingresó al país gracias a una visa. Después de un tiempo, la visa caducó, pero la señora Sandoval decidió jugársela: se quedó en Arizona. Reyna se crió ahí: cultivó amigos, construyó una carrera académica, se aficionó al baile. 

Y lo hizo todo sin ser ciudadana de los Estados Unidos. Hoy, Reyna y su madre forman parte del grupo United we Dream, encargado de promover el DREAM Act, el proyecto de ley que daría ciudadanía a miles de jóvenes traídos a este país siendo niños, y la reforma migratoria en general. Esta semana, Reyna estuvo en Washington. Desde ahí tuiteó sobre la experiencia de correr bajo uno de esos chaparrones clásicos de la capital estadunidense y compartió una cita que encontró en el Museo del Holocausto. 

Y narró, emocionada, las acciones del grupo para, decía, “tomar Washington”: visitas a las oficinas de legisladores opuestos a la ley, protestas frente al Capitolio; gritos, cantos, consignas: la alegría expectante de quien cree que puede hacer la diferencia.

Lo cierto, sin embargo, es que la reforma migratoria que tanto ilusiona a Reyna Montoya y a 11 millones de personas como ella está en la cuerda floja. Ha sido una semana de malas noticias, sobre todo porque el titubeo y la confusión moral, hasta ahora propiedad exclusiva del Partido Republicano, parecen haber contagiado al gobierno de Barack Obama.

Vamos por partes

El Partido Republicano enfrenta una coyuntura compleja que explica, para algunos, su reticencia frente al proyecto de reforma. En la que es una variable poco favorable para la reforma migratoria, un número considerable de  congresistas republicanos representan distritos con un porcentaje bajísimo de votantes hispanos y muy alto de votantes blancos y conservadores. 

Para esos legisladores, sujetos a las presiones inmediatas de una reelección, respaldar la reforma migratoria sería poco menos que suicida. Por eso es comprensible (aunque criticable, por miope) que los congresistas republicanos piensen primero en su supervivencia y mucho después en el panorama nacional del partido si pierden el favor del electorado hispano. 

Hay, claro, muchas voces conservadoras que insisten en que el Partido Republicano no puede construir una coalición nacional de votantes sin la presencia del voto latino. Por desgracia, esas voces están perdiendo volumen últimamente y están siendo reemplazadas por otros analistas que aseguran que los republicanos no necesitan de las minorías para volver a conquistar la Casa Blanca y retomar el control del Senado. 

Para estos analistas, al Partido Republicano le bastaría con consolidar su vínculo con los blancos (Romney se llevó 59% del voto blanco en 2012). De acuerdo con sus cálculos, el Partido Republicano debería enfocarse en alcanzar un 70% del voto blanco: con esa cifra en la bolsa, insisten, la voluntad de voto de los hispanos y las otras minorías se volvería electoralmente irrelevante. La combinación de ambos factores —congresistas que buscan proteger su curul antes que pensar en el futuro nacional del partido y la noción de que el Partido Republicano no necesita a los votantes hispanos— reduce drásticamente las posibilidades de que los conservadores respalden una reforma migratoria integral.

Por desgracia, a este escenario ahora hay que sumar la misteriosa ineptitud del gobierno demócrata de Barack Obama. En las últimas semanas, el Partido Republicano basó toda su embestida contra la reforma migratoria en la noción de que la frontera entre México y Estados Unidos atraviesa por un periodo de enorme inseguridad. Lo indignante es que, de acuerdo con casi cualquier cálculo estadístico, eso es absolutamente falso. 

Para desmentir a los republicanos, Obama y su equipo debieron haber recurrido a la mujer que ha encabezado el plan de seguridad fronteriza del gobierno: Janet Napolitano, la secretaria de Seguridad Nacional. Napolitano conoce la frontera como casi nadie y podría haber desmontado uno a uno los argumentos falaces de los republicanos, argumentos que han hecho daño a la reforma migratoria y a la relación con México. ¿Qué hizo, en cambio, el gobierno de Barack Obama? De acuerdo con varias fuentes, hizo lo impensable: le prohibió hablar a Napolitano. 

Seguramente la Casa Blanca tiene alguna explicación de por qué optó por censurar a su propia secretaria de Seguridad Nacional en un debate precisamente sobre seguridad nacional, pero a mí no se me ocurre ninguna.

Sea cual sea la razón, a Napolitano se le acabó la paciencia: el jueves por la mañana anunció su renuncia.

La salida de Napolitano debilita al gobierno y al Partido Demócrata, justo en el momento en que ambos necesitaban mostrar fortaleza de cara a la durísima negociación con los republicanos.

Así las cosas, la reforma migratoria, en su versión más generosa, agoniza. Y con ella la ilusión de Reyna Montoya, quien soñaba con caminar por todas las ciudades de Estados Unidos con la misma libertad con la que recorrió Washington.

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