26 de Septiembre de 2018

Opinión

23 de octubre, tres décadas después

Mañana se conmemora el Día del Médico y contra lo que muchos podrían pensar, lo que menos existe hoy son los festejos y reuniones y vía electrónica sumadas felicitaciones.

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Mañana, 23 de octubre, se conmemora el Día del Médico y contra lo que muchos podrían pensar, lo que menos existe hoy son los festejos y reuniones y vía electrónica sumadas felicitaciones. La nostalgia me invade, tras recorrer los caminos impredecibles de la medicina en los 30 años que llevo de graduado.

¿Pero qué me han dejado tantos años de experiencia? Te diré que los triunfos han dominado sobre los sinsabores y obstáculos; los diagnósticos acertados han salvado muchas vidas; largas noches de estudio buscando la excelencia; pacientes agradecidos y otros no tanto. Es lógico, sólo un ser divino es infalible. Los doctores tenemos  virtudes y defectos, y en la vorágine del mundo actual vemos satanizada la profesión por carroñeros sin escrúpulos, que, con cantos de sirena, desvirtúan y tuercen el honesto actuar del servidor en salud.

Tengo fresco en mi memoria un pasaje inolvidable de mi vida profesional, cuando mi primera paciente, víctima de enfermedad reumática, acudía con un servidor;  su semblante acongojado y triste, pero lleno de esperanza, daba sentido al conocimiento adquirido durante mi formación como especialista. Ese día, arrancaba mi trabajo de alfarero del victimado, con poder transformador, tenía las herramientas científicas para cambiar la historia de un potencial inválido en un ser totalmente reintegrado a su vida funcional. 

En contraposición de lo que muchos piensan, servir al doliente, allende prescribirle medicamentos, implica mucho más, es entregarlo todo. Recordemos el bello pasaje del poema de Juan de Dios Peza “Reír llorando”: Si se muere la fe, si huye la calma,/ si sólo abrojos nuestra planta pisa,/ lanza a la faz la tempestad del alma,/ un relámpago triste, la sonrisa. Sí señores,  sonreír sin importar las malas noches, el cansancio, los problemas personales e impredecibles resultados del cotidiano actuar. 

Cuántas veces, con ejemplos de vida,  reaccionamos y nos damos cuenta  de que si bien la mayoría del tiempo nos encargamos de devolver la salud a los enfermos, ellos mismos a través de sus relatos, se convierten en médicos, que cambian y transforman nuestras mentes. ¿Acaso agradecemos a la vida, el privilegio de poder escuchar y  aquilatar tanta sabiduría del paciente? No tires en saco roto lo que en bandeja de plata se te ofrece. 

Finalizo con otro pasaje de “Reír llorando”: El carnaval del mundo engaña tanto,/ que la vida son breves mascaradas,/ aquí aprendemos a reír con llanto/ y también a llorar a carcajadas. Felicidades a todos mis compañeros médicos.

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