20 de Septiembre de 2018

Opinión

¿A qué hora cantará el gallo hoy?

El gallo –dijo el anciano maya– no supo el domingo si cantar a la hora que su naturaleza le ordenaba...

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El gallo –dijo el anciano maya– no supo el domingo si cantar a la hora que su naturaleza le ordenaba o a la que por acuerdo de unos cuantos le correspondería ahora. La sentencia del hombre curtido en la vida del campo, donde las horas, los minutos y los segundos se cuentan a través del movimiento del astro rey, era muy clara: la necedad del hombre por cambiar el entendimiento del tiempo era más grande que su propia soberbia.   

El tiempo no perdona, hijo – me señaló con su dedo índice, marcado por las cicatrices del padre Cronos y entendí que lo que decía era verdad.  En la vida todo tiene un principio y un final, ¿no? -Sí le contesté presuroso, como queriendo adelantarme a lo que vendría. ¡No! -me dijo y me paró en seco. El error es precisamente ese… Tú como la mayoría de los seres humanos, van por la vida, machete en mano, abriendo su camino en lo más espeso del monte y no pueden ver lo que hay más adelante. Creo que así es- le contesté.

Entonces, como no pueden ver lo que hay a su alrededor son como ciegos que van dando golpes con el filo de su herramienta a diestra y siniestra. No tienen idea de a dónde van, sólo quieren salir de la espesura que los envuelve porque tienen miedo, miedo a quedarse atrapados ahí por siempre. ¿Y sabes por qué tienen miedo? -volvió a cuestionarme- No, exclamé avergonzado de haber ido a la Universidad y no poder contestar una pregunta tan simple: “Porque nadie les enseñó a sobrevivir en el monte, por eso, –acentuó- tienen miedo de sus propios miedos”…

El error del hombre de hoy - explicó finalmente el viejo- es que quieren vivir la vida muy de prisa y en ese intento son como el que yace atrapado en lo más profundo del monte. Empiezan a dar machetazo tras machetazo, machetazo tras machetazo- recalcó. Perdida toda su energía llegan al desgaste total y al caer la noche se dan cuenta que han estado avanzando en círculos, comprenden que han perdido el tiempo sin disfrutar la vida. Sí, me señaló con parsimonia, acomodando sus huaraches con la idea de que pronto me diría adiós. El hombre que es sabio –reflexionó- habría primero abierto un pequeño claro en el bosque, se sentaría a meditar sobre sus miedos y una vez superados éstos habría podido disfrutar el maravilloso canto de las aves, se habría bañado con la esencia de las flores silvestres y por la noche un manto de estrellas y una luna esplendorosa le habrían servido de almohada. Su camino se iría abriendo poco a poco hasta llegar a su destino final, sentenció.

Y el destino, al menos temporal del viejo maya llegó de pronto. Anunciaron por el altavoz la salida del bus hacia Felipe Carrillo Puerto, un poblado inmerso circunstancialmente entre la vorágine de Cancún y la inercia de Chetumal, un pueblo indómito y orgulloso de sus raíces ancestrales. Se levantó de su asiento y a manera de despedida pareció bendecirme en su idioma de origen, no sin antes preguntarme: ¿A qué hora cantará el gallo hoy?

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