18 de Diciembre de 2018

Opinión

A ver, tú

Esta semana, el Tribunal de Justicia Fiscal y Administrativa condenó a la Procuraduría a indemnizar a Jacinta Francisco a pedirle disculpas y reconocer públicamente su inocencia.

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Otra de ñhäñhús. En 2009, Jacinta Francisco Marcial, junto con otras dos cómplices, sometió y secuestró a cinco agentes de la Policía Federal Preventiva, por lo que fue sentenciada a 21 años de cárcel.

Después de tres años de reclusión, su defensa logró que se reconociera lo evidente: los delitos fueron fabricados y esta mujer incriminada. Como consecuencia fue puesta en libertad y, más adelante, demandó a la PGR por los abusos sufridos, reclamando la reparación del daño.

Finalmente, esta semana, el Tribunal de Justicia Fiscal y Administrativa condenó a la Procuraduría a indemnizarla, pedirle disculpas y reconocer públicamente su inocencia. Las cámaras de televisión difundieron el mismo día la intervención casi emotiva del magistrado Manuel Hallivis Pelayo, quien explicó a la demandante el sentido del fallo del tribunal.

La sentencia es notable en varios sentidos, pues no sólo revierte algunas de las consecuencias de un acto de abuso de autoridad, sino que garantiza los derechos de una persona muy vulnerable en nuestra sociedad, por ser mujer, pobre e indígena.

Sin embargo, las escenas del evento revelan la profundidad y persistencia de tres de los sustratos básicos en los que se legitima la desigualdad en México: el sexismo, el clasismo y el racismo.

Al dirigirse a Jacinta Francisco, el ministro presidente del tribunal, en medio de su entusiasmo con tintes emotivos (la calidad del acto de justicia que encabezaba lo ameritaba) no dejo, en un solo momento, de tutear a la triunfante india ñhäñhú.

Tengo la certeza de que la Sra. Francisco y el ministro no son ni amigos ni parientes, pues, de ser así, éste se hubiera excusado de participar en el juicio. Tampoco creo que tutee a todo mundo. 

Realmente no me lo imagino hablándole así, y desde luego nunca en público, a un gobernador, a un ministro de la Corte, a un banquero, a un empresario, a un director de escuela, vamos, ni siquiera al trajeado estándar con Rolex pirata.

Y desde luego no creo que acepte ser tuteado por cualquiera.

Tal vez esté equivocado, pero cuando quien imparte justicia trata a las indias pobres con el mismo respeto que a menores de edad, se hace evidente que nuestra sociedad no cree en la igualdad básica de las personas, aunque así lo declare.

Desolador, a estas alturas de la historia.

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