22 de Septiembre de 2018

Opinión

Acabar el hambre

“Se puede acabar con el hambre del mundo”... para dar paso a una sociedad más justa en términos sociales y más exitosa en términos económicos".

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Cada mejor que tener como aliado a “Lula”, Ignacio da Silva, ex presidente de Brasil, que en sus 10 años de gobierno sacó de la pobreza a 33 millones; subió a la clase media a otros 44 millones; aumentó el salario mínimo de 80 a 350 dólares y creó 19 millones de empleos formales, para acallar las críticas –de izquierda y de derecha del oportunismo político– adversas a la campaña contra el hambre que arrancó ayer.

Decisión impecable de Enrique Peña Nieto que, además, nos regresó a los orígenes latinoamericanos al permitir sustraernos de la concepción aséptica y convenenciera de la beneficencia neoliberal que se agota en el análisis de costos y la focalización, para llevarnos a las primeras causas, los verdaderos motivos de la necesidad de luchar contra el hambre, de manera clara, poética, sencilla, como lo explicó el brasileño.  

Y tan convincente como una verdad absoluta: “Se puede acabar con el hambre del mundo”, dijo al principio, para ir desgranando paso a paso las causas que originan en la sociedad actual el flagelo del hambre y la pobreza, así como su manera (de Lula)  de combatirlos para dar paso a una sociedad más justa en términos sociales y más exitosa en términos económicos.

Y explicó que el hambre no existe por falta de dinero, no existe por falta de producción agrícola, no existe por falta de tecnología; el hambre existe por la falta de vergüenza de los gobiernos del mundo que no se preocupan por los pobres, complementando así su afirmación de que son los pobres, no los ricos, los que necesitan del gobierno.

Lo primero es combatir el hambre -dijo, y tras recomendar que el dinero se le entregue a las mujeres, por ser más responsables, a continuación desacreditó uno a uno los argumentos de quienes se oponen a que el gobierno de ayuda a los pobres: los que dicen que el dinero es muy poco y los que afirman que la gente se vuelve perezosa.

Antes había hablado de la necesidad de darles créditos a los pobres y que ante las dudas por su falta de garantías había respondido: “Tú no sabes lo que es ser pobre, el pobre no tiene bienes materiales para ofrecerlos en garantía, el patrimonio del pobre es su nombre y su honor; a los pobres les gusta pagar, les  da pena deber, a muchos ricos no les da pena nada”.

Y le advirtió a Peña Nieto: van a decir que tus programas son de carácter asistencialista; que el presidente es populista; que sólo piensa en elecciones; que es como darle limosna a las personas; que para distribuir la riqueza hay que esperar que el pastel crezca; que los pobres deben de tener paciencia.

Pero ya estamos hartos de ver que mientras el pastel crecía y crecía, alguien se lo comía y los pobres seguían pasando hambre. Los pobres no deben tener paciencia… deben tener esperanza y confianza en su gobierno. Testimonio de Lula, un hombre que transformó el discurso en hechos.

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