14 de Diciembre de 2018

Opinión

“Aceptar la muerte”

Un buen duelo es una experiencia de transformación que requiere de mucho amor.

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El dolor por la pérdida de un ser querido puede dar paso a una experiencia sanadora. Es un camino difícil en el que hemos de respetarnos, querernos y dar un espacio, en el tiempo adecuado, a nuestras emociones.

La muerte sigue siendo un tabú, quizá el último de nuestra sociedad, pero tenemos que entender que si hay algo certero... es la muerte. ¿Cómo es que vivimos como si no nos fuéramos a morir?

El duelo por un ser querido marca el periodo que posibilita transformar el dolor excesivo de la muerte en algo que podemos asumir, y que es llevadero.

Con el paso de los meses, a medida que vamos transitando las etapas de rabia, negación y culpabilidad, empiezan a haber momentos de respiro. Nos vamos encontrando con lo que queda de la vida, que es muchísimo.

Hay que aprender a diferenciar el duelo del luto. El luto es un camino en que el sufrimiento se convierte en un dolor instalado, difícilmente transformable, que puede alargarse toda la vida. El duelo no solamente es un camino de dolor y tampoco es interminable, ya que después de un buen duelo salimos reforzados.

Un buen duelo es una experiencia de transformación que requiere de mucho amor. Amor hacia uno mismo y hacia quienes nos rodean. “Sin amor no hay duelo, sino tragedia”. Bien dice Jorge Bucay: “No te persigas creyendo que ya deberías sentirte mejor. Tus tiempos son tuyos. El peor enemigo en el duelo es no quererse.”

Muchas personas carecen de los recursos de conciencia, de una plena confianza en sí mismos y evitan al máximo el contacto con el dolor. Es necesario que tengan un entrenamiento día a día para atravesar los procesos del dolor por la pérdida de la persona amada y no necesariamente por alguien que se muere. 

Tratar de emprender nuevas relaciones y experiencias puede amortiguar el dolor. “Eso no significa que hemos olvidado a esa persona”. No doler no implica olvidar.

Cuando vivimos la muerte desde “el cuerpo espiritual” todo cambia. No hay ausencia, pues el recuerdo se vuelve una presencia sanadora, ya que el vínculo que tenemos con las personas que queremos jamás se rompe.

Pero es una realidad invisible e irracional, por lo tanto necesitamos fe, sabiduría y confianza para elevarnos por encima de lo que podemos ver y tocar y acceder a la auténtica verdad: “que nuestro ser querido está más vivo que nunca, más con nosotros que cuando estaba físicamente. Ahora ya no necesita su cuerpo y se ha liberado de los obstáculos del tiempo y del espacio”.

Es concluyente el sacerdote José Luis Martín Desclazo cuando dice: “Morir, no sólo es morir. Morir se acaba. Morir es cruzar una puerta a la deriva y... ¡encontrar lo que tanto se buscaba!”.

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