16 de Octubre de 2018

Opinión

¡Ah qué los aspirantes!

Me encantaría saber el razonamiento que los aspirantes a la alcaldía de Mérida hacen para convencerse de que clases de baile merecen ser alcaldes.

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Tempranamente, los emeritenses hemos comenzado a ser objeto de las precampañas de los aspirantes a la alcaldía de Mérida. En las últimas semanas hemos sido convocados a exámenes de la vista, clases de baile, diversos sorteos y jornadas de chapeo, entre muchas otras cosas.

Me encantaría saber el razonamiento que estos precandidatos y sus equipos hacen para convencerse de que con estas actividades mostrarán a los electores sus virtudes y merecimiento para ser presidentes municipales. 

Muy probablemente no les preocupe, sino que, de acuerdo con las cada vez más comunes y peores consignas de la mercadotecnia norteamericana, calcadas sin criterio, esperan simplemente lograr que la gente sepa de su existencia, vinculándolos a actividades “positivas”, en “favor de la comunidad”, alejándose del debate sobre el gobierno que deberá hacerse.

Pero lo realmente grave es cuando los ciudadanos y los periodistas aceptan estas actividades como una legítima campaña, a veces creyendo en ellas o en sus promotores o, en el mejor de los casos, prestándoles poca atención. 

Las frivolidades de campaña no serían más que un asunto de folklore político, de no ser porque con toda seguridad uno de estos campeones de la superficialidad va a ser el próximo alcalde, además con derecho a reelegirse.

Entre sonrisas fingidas, afirmaciones ofensivamente simplistas, regalitos y uniformes de guayabera, los aspirantes simplemente no presentan a la sociedad su concepción del ayuntamiento, la idea de ciudad que pretenden desarrollar, su visión de los amplios problemas de la urbe o su propuesta de articulación de la diversidad social y política de la que Mérida está ayuna.

No la tienen.

A juzgar por sus dichos y hechos, nuestro municipio no tiene mayor problema de fondo qué discutir, y la disputa por su próximo gobierno bien puede reducirse a actividades vanas, de nulo impacto sobre la vida cotidiana de las personas, mucho menos sobre la construcción de un modelo de ciudad apto para garantizar el bienestar general de sus habitantes.

Entristece que esa democracia que tanta vida nos ha costado se reduzca a este desfile grotesco de políticos sin fondo, pero con respaldo popular. Nadie podrá reclamar si el próximo alcalde se mantiene en la frivolidad: probablemente así se haya promocionado.

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