18 de Agosto de 2018

Opinión

Ahora sí

La costumbre de abominar del “deporte de las patadas” ha tenido gran acogida en México.

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“El haber impuesto el fútbol en el mundo es el peor crimen, el mayor crimen cometido por Inglaterra”, decía Borges. Su aversión lo llevó varias veces al borde del linchamiento nacional, como cuando contestó: “Perdone mi ignorancia, pero ¿quién es Maradona?” 

En Argentina el futbol, además de ser genético, es una especie de destino que los acerca al pueblo elegido. Dios, además de ser argentino, milita en un equipo de futbol de arraigo popular, el San Lorenzo de Almagro, si recordamos que su representante directo en la tierra, el buen Papa Francisco, es hincha de ese equipo.  

Tal vez sea con Borges que se propagó en América Latina la costumbre de algunos intelectuales de abominar del futbol, verdadero deporte nacional en todo el subcontinente, salvo algunos empecinados países caribeños que insisten más en usar las manos y un bate. 

Los uruguayos, ejemplarmente, no tienen el menor empacho en reconocer su filia. Dice Galeano en la espléndida recopilación de sus textos El futbol a sol y sombra, en los que a la vez que lo celebra, exhibe su manipulación por los dioses del dinero: “Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades…”, de lo que se infiere que cualquier uruguayo que quisiera evadir esta condición, sería un desnaturalizado.

A pesar del gran Borges, grandes escritores, entre los que menciono al azar a Alberti y Miguel Hernández, han celebrado el futbol. Benedetti (uruguayo, por supuesto) le dice a Maradona: “Hoy tu tiempo es real, nadie lo inventa / Y aunque otros olviden tus festejos / Las noches sin amos quedaron lejos / Y lejos el pesar que desalienta”.

La costumbre de abominar del “deporte de las patadas” ha tenido gran acogida en México, sobre todo entre intelectuales y esposas desoladas por los interminables partidos que sustraen a sus maridos. Además, el fut da muchas oportunidades para practicar otros deportes nacionales como la autoflagelación de la patria, cuya práctica más intensa se da cuando pierde la selección y el otro extremo motivado por una buena racha: “Ahora sí, vamos a ganar el mundial” o el no tan ambicioso “ahora sí, vamos a ser un país desarrollado”. 

El país se debate en los debates, mientras los dioses de la lluvia lo azotan y crece la angustia por la gran prueba: el pase al mundial. Según encuesta de Mitofski, la calificación de la selección bajó de ocho en 2004 a cinco, una verdadera pérdida de la autoestima nacional. Aun así, un modesto pero significativo 39% todavía piensa que calificaremos. Un país bipolar, entre los extremos de la auto condenación y la gloria. 

Confiemos en no tener que recurrir a la parodia que hace Galeano del sesudo cronista que explica un mal resultado: “El éxito no ha coronado la potencialidad orgánica del esquema de juego de este esforzado equipo porque lisa y llanamente sigue siendo incapaz de canalizar adecuadamente sus expectativas de una mayor proyección ofensiva hacia el ámbito de la valla rival”.

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