23 de Octubre de 2018

Opinión

El aire, fuente de toda vida

No haya nada más placentero que respirar el llamado aire puro de manera profunda y sentirse muy relajado, pero ¿cómo es realmente el aire que respiramos?

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Pocas veces, amigo lector, nos ponemos a pensar cómo es el aire que respiramos, ya que nuestro cuerpo procesa de manera natural la acción de inhalar y exhalar y eso lo hacemos de manera automática.

Tal vez no haya nada más placentero que respirar el llamado aire puro de manera profunda y sentirse muy relajado, pero ¿cómo es realmente el aire que respiramos? Como todos los gases, el aire tiene un peso.

Un litro de aire puro y seco, al nivel del mar, pesa 1,293 gramos, es decir 14.4 veces más que el hidrógeno y 773 veces menos que el agua.

El peso de todo el aire que circunda la Tierra, es decir, la atmósfera, es asombroso: alrededor de cinco mil billones (5.000.000.000.000.000) de toneladas, vale decir, el equivalente de una losa de granito de una longitud de 3,200 kilómetros, una anchura de 1,600 kilómetros y un espesor de 400 metros. Tal peso es también equivalente al de una capa de agua que cubriera toda la Tierra y tuviera una altura de diez metros. El aire por condición natural también tiene un peso, pues ejerce una presión, por ejemplo al nivel del mar, se dice que la presión del aire es de 76 centímetros de mercurio, una presión regulada que cuando nosotros estamos cerca del mar el inhalar nos produce una grata sensación de placer, lo mismo suele pasar cuando estamos en espacios de campo muy abiertos lejos de la civilización: sentimos también esa sensación de gusto por respirar el llamado por nosotros aire puro. 

El aire, antes que toda otra cosa, es indispensable para la vida de casi todos los organismos animales y vegetales. Los cuerpos celestes sin aire, como por ejemplo la Luna y probablemente Mercurio, están muertos, sin formas de vida.

El aire permite todos los fenómenos atmosféricos indispensables para la vida del hombre, y sobre todo la lluvia; con su oxígeno permite la combustión. Gracias al aire, nosotros podemos escuchar los sonidos.

El aire constituye, finalmente, una envoltura protectora que protege a la Tierra de la intolerable violencia de la luz solar, absorbiendo gran parte de las peligrosas radiaciones que emite el Sol. Por la noche, el aire retiene el calor recibido durante el día y obstaculiza su dispersión en el espacio. Si no existiese la capa de aire, la temperatura máxima de la Tierra ascendería durante el día a casi 110 grados Celsius, y descendería en horas de la noche ¡a un mínimo de cerca de 184 grados bajo cero! Y así no tendríamos oportunidad de vivir.

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