23 de Octubre de 2018

Opinión

Ajedrez

Seguiré sintiendo a Fidel como el gigante que, al estrechar su mano, me remitió a aquella cruzada de emotividad sin límite...

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No deja de sorprender que, a casi una década de haber dejado el poder, la mayoría de los juicios que se emiten sobre Fidel Castro son en blanco y negro, describiendo a un héroe o a un tirano. Aunque tal vez esa sea la mejor manera de describir al cubano. En efecto, su trayectoria y su régimen son una secuencia de claros y obscuros, con poco espacio para los matices.

Dicen la verdad quienes nos recuerdan que en Cuba el Estado vigila, censura y controla espacios de la vida pública y privada más allá de lo tolerable en cualquier sistema ligeramente democrático. No mienten cuando señalan que, lejos de la igualdad a la que la Revolución aspiraba, una mínima élite ejerce un poder casi absoluto, gozando de condiciones de vida que nada tienen que ver con la pobreza de la población. Tienen razón cuando denuncian que la represión ha destruido la vida de creadores y opositores y, en fin, cuando clasifican al régimen como una dictadura.

Dicen la verdad quienes nos recuerdan que en Cuba ningún niño muere de hambre, ni de ahogamiento en un huracán, y que desde que nacen tienen asegurada la alimentación y la vivienda. No mienten cuando señalan que, en la aspiración de igualdad de la Revolución, cualquiera con la capacidad personal para hacerlo puede tener estudios universitarios. 

Tienen razón cuando apuntan que la atención a la salud supera en la isla los niveles de cualquier otro país latinoamericano y de algunos de los desarrollados. Pocos cubanos han visto alguna vez a un niño con labio leporino, y sus oncólogos deben salir al extranjero para aprender a tratar casos avanzados de cáncer, pues en su país estos padecimientos se atienden muy tempranamente.

Me niego a poner en una balanza este listado de negros y blancos. No acepto contabilizar el dolor infligido contra el evitado. Esos blancos y negros no resultan en grises, se trata más bien de un tablero de ajedrez.

Encuentro sin embargo un gris muy importante, el de la condición de dictador de Fidel. Negarla es insostenible, pero igualmente lo es pretender compararlo con Somoza, Pinochet, Trujillo u otros que asolaron Latinoamérica durante el extremadamente largo período en el que él gobernó Cuba.

Hasta aquí mis razones. Allende, seguiré sintiendo a Fidel como el gigante que, al estrechar su mano, me remitió a aquella cruzada de emotividad sin límite que en un año alfabetizó a toda Cuba; el que nos relató cómo, junto con Raúl y el Che, en Playa Girón, batió al invasor; y, desde luego, el Almirante de una cáscara de nuez que, con una partida de insensatos, atravesó el mar para subir a la montaña y, al frente de un puñado de sobrevivientes, en unos cuantos meses y rodeado de su pueblo, derribó una dictadura.

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