20 de Septiembre de 2018

Opinión

Al Qaeda, más viva que nunca

Bin Laden tenía razones para presumir. Había logrado sobrevivir la invasión a Afganistán y la tremenda batalla de Tora Bora.

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Uno de los recuerdos más claros que tengo del 2 de mayo de 2011, el día en que murió Osama Bin Laden, es el tumulto que se reunió a celebrar afuera de la Casa Blanca. Los gritos de júbilo me remitieron entonces a una película de Hollywood, en la que el héroe finalmente vence al villano, supuesto responsable único y universal de los infortunios previos. La reacción era predecible. 

Desde el 11 de septiembre de 2011, la percepción pública de la responsabilidad de los atentados recayó casi exclusivamente en Bin Laden. Muy al estilo de la tradición del wanted, dead or alive, Estados Unidos necesitaba personalizar la maldad para enfocar la ira y, dirían algunos, ayudar a sacudirse la conmoción y apurar el proceso de duelo nacional.

A su manera y desde su particular demencia, Bin Laden dio la bienvenida al papel que le asignaron. A pesar de vivir en un estado de persecución durante más de una década, el líder de Al Qaeda se las arregló para emitir comunicados provocadores, en esa voz casi inaudible, con una leve sonrisa burlona detrás de la barba. 

En más de un sentido Bin Laden tenía razones para presumir. Había logrado sobrevivir la invasión a Afganistán y la tremenda batalla de Tora Bora. En 10 años había ayudado a hundir a Estados unidos en un estado de paranoia constante y, a través de la filial terrorista en Irak, había complicado inmensamente las cosas para la ocupación estadunidense. De ahí que la alegría de las multitudes tras su muerte resultara comprensible.

Pero aquellos festejos desaforados ocultaban una ingenuidad nacida de la más elemental ignorancia. Lo cierto, por supuesto, es que, a pesar de ser el líder más visible y carismático de Al Qaeda, Bin Laden no era ni de lejos la única figura importante en la organización.

En otras palabras, en este caso, resulta falso aquello de que muerto el perro se acaba la rabia. La red terrorista que encabezaba Bin Laden está conformada por un número considerable de cabezas operativas capaces de continuar no solo con las enseñanzas del propio Bin Laden, sino con sus planes terroristas.

Es cierto que, en el transcurso de los últimos 13 años, Estados Unidos ha capturado o asesinado a varios de estos líderes, incluido Mohammed Atef, Khalid Sheik Mohammed y otros. Pero los esfuerzos estadunidenses han dejado escapar a figuras centrales. La más importante de las cuales es Ayman al Zawahiri, el oftalmólogo egipcio reconocido por los expertos en la historia de Al Qaeda como el auténtico ideólogo del terrorismo islámico. 

A diferencia de Bin Laden, Zawahiri es heredero directo de las enseñanzas de Sayyid Qutb, el académico egipcio que concibiera, a mediados del siglo pasado, la idea del islam como fuerza política (la sharia como régimen central de la vida pública). Y aunque Zawahiri carezca del carisma de Bin Laden, su presencia ha mantenido viva a Al Qaeda.

El debate es: ¿qué tan viva está la principal red terrorista islámica? Un buen número de analistas han señalado que Al Qaeda no solo está debilitada, sino está cerca de desaparecer. Citan como evidencia el hecho de que, desde el 11 de septiembre, el territorio continental de Estados Unidos no ha sufrido ataque alguno, al menos no uno emanado directamente de un proyecto de Al Qaeda. 

Y eso es verdad. Pero está lejos de significar el fin de la amenaza terrorista. Durante la semana pasada, las autoridades estadunidenses emitieron una alerta de viaje y alertaron sobre la posibilidad de un ataque a sus embajadas en el Medio Oriente. 

La preocupación partió de una conversación captada por los servicios de inteligencia en la que Zawahiri discutía distintos posibles ataques, además de nombrar a un nuevo “gerente general” de Al Qaeda, un yemenita llamado Nasser al Wuhayshi, miembro del círculo íntimo de Bin Laden que ha encabezado el esfuerzo de expansión de la red terrorista en el propio Yemen y el oriente africano. 

Los nuevos nombramientos y el fortalecimiento de Al Qaeda en la región desmiente, de una vez por todas, la idea de que el grupo terrorista había entrado mágicamente en agonía tras la muerte de su líder moral. 

La verdad es muy distinta: el poder tras el trono siempre lo tuvo Ayman al Zawahiri y bajo su mando, con la “gerencia” de Wuhayshi (también conocido como Abu Basir), la red terrorista seguirá tratando de tocar las puertas de occidente con la misma obstinación que le conocemos desde hace décadas. Y no solo eso: la fallida primavera árabe ya le ha abierto la puerta a los extremistas. 

El papel que han jugado en Siria, piensan algunos, es solo el principio. Y ni hablar de la furia que han desatado los excesos estadunidenses y los desconsuelos de la democracia en varios países de la región en los últimos tiempos...

Aquellos festejos tras la muerte de Bin Laden eran, en efecto, prematuros.

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