20 de Mayo de 2018

Opinión

Alfabetizar, más que leer y escribir

En este ámbito, las cifras sólo brindan una leve esperanza para el Estado y el país.

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En este ámbito, las cifras sólo brindan una leve esperanza para el Estado y el país. La Campaña Nacional de Alfabetización y Abatimiento del Rezago Educativo registra un avance respecto a la meta de atención establecida para este año, según un comunicado del Instituto Estatal para la Educación de los Jóvenes y Adultos, publicado en SIPSE el viernes pasado.

El responsable de Zona de la Coordinación 03 que comprende Cancún e Isla Mujeres, Juan Ramón Góngora Canto, explicó que el Instituto fijó una meta de atención de dos mil 964 personas para este año, de las cuales 750 ya están en proceso de aprendizaje en lecto-escritura.

Para esta labor, un grupo de 180 alfabetizadores coordina esfuerzos con el Gobierno Federal mediante la Secretaría de Desarrollo Social, para poder incorporar a los mayores de 15 años que no saben leer ni escribir, y que son beneficiarios de los programas Oportunidades y de la Cruzada Nacional contra el Hambre.

Entre 2014 y 2018 se prevé alfabetizar en Quintana Roo a 18 mil 950 mayores de 15 años y con ello reducir de 3.8 a 2.6 el índice.

¿Para qué alfabetizar? Lo primero es saber que no basta con leer y escribir. Con la alfabetización deben adquirirse las aptitudes suficientes para interpretar la realidad social, política y económica, y aportar lo más posible para construir un Estado mejor.

La importancia básica es que además de repetir palabras, las personas se convierten en trabajadores más productivos y menos vulnerables a la pobreza, generándose un círculo virtuoso que favorece el progreso personal y colectivo.

El individuo se vuelve más crítico, exige sus derechos, asume las obligaciones y tiende a proponer, lo cual permite esa condición intrínsecamente humana.

De no tener estas capacidades, la persona se vuelve una “analfabeta funcional”, es decir, incapaz de involucrarse con su entorno y desempeñarse con éxito.

La importancia, en definitiva, es tener autonomía, oportunidades de trabajo, acceso a la salud y la chance de ser activo en los procesos democráticos de la comunidad.

Esta no es la suerte en las naciones subdesarrolladas, donde habitan los casi 800 millones de jóvenes y adultos que no leen ni escriben, quienes están acostumbrados a las guerras, las pandemias y las crisis económicas.

En el terreno político, el impacto se refleja en la ingobernabilidad o en los sistemas autoritarios que oprimen a los ciudadanos y los engañan con facilidad en asuntos tan elementales como el derecho del acceso a la educación, el cual permite acceder a otros derechos.

Las medidas de estos organismos como el Instituto Estatal para la Educación de los Jóvenes y Adultos son válidas, son necesarias, porque forman parte de un sistema paralelo al formal de los planteles educativos, donde es precisa la calidad de la enseñanza. 

Por eso resultaba vital una reforma educativa con énfasis en la cobertura, el ingreso, la promoción, la supervisión y, ante todo, la calidad. El reto es que ello se cumpla pese a los sectores opositores que atentan contra estos esfuerzos y que al final de cuentas hipotecan el futuro de la nación por no perder ciertos privilegios.

Ahora bien, cuando estos programas con objetivos tan nobles como específicos se manipulan, se fracasa. Y el término manipular debe entenderse en su sentido más amplio, incluso en lo político electoral, para evitar las suspicacias como aquellas que existen contra la Cruzada Nacional contra el Hambre.

Por eso, cabe insistir, esta labor paralela debe ser un apoyo a lo impartido por el esquema tradicional de enseñanza, donde deben proveerse todas las habilidades, ya que la obligación indiscutida del Estado es asegurar que todos se eduquen bien.

Los casi tres mil que ya saben leer y escribir este año en Quintana Roo apenas representan un mínimo porcentaje de los 18 mil que faltan por hacerlo. Esto brinda, no obstante, una leve esperanza.

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