20 de Septiembre de 2018

Opinión

'Las almas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir'

El dolor no se puede evitar, pero el sufrimiento sí. Cuantos de nosotros padecemos de un dolor y sentimos que con esto la vida se nos acaba.

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Un buen día, a Buda le pidió un hombre desesperado y lleno de dolor, que resucitara a su hijo y Buda con toda calma le dijo: “Para que yo lo haga, trae semillas recogidas en una casa donde nadie haya muerto, nadie haya sufrido o en la que nadie hubiera tenido dolores”. El hombre se fue y quedó en paz con su corazón.

El dolor es un hecho, el sufrimiento es una opción. El dolor no se puede evitar, pero el sufrimiento sí. Cuantos de nosotros padecemos de un dolor y sentimos que con esto la vida se nos acaba. Es por lo cual que hay que diferenciar lo que es el dolor y en lo que puede convertirse. Porque el dolor es un buen maestro, nos enseña, nos fortalece y nos hace ver que somos seres frágiles, al mostrarnos que nuestro destino es la muerte.

Es muy importante para entender el dolor, ver aquello que se puede sacar del dolor. Porque el hombre tiene el don de conseguir que su dolor se convierta en vinagre o en vino generoso. Los seres humanos no podemos impedir el dolor, pero sí impedir que nos aniquile. Bien decía Maupasant: “Nada nos hace tan grandes como un gran dolor”. Y Fenelón fue mas explicito cuando dijo: “El que no ha sufrido no sabe nada”. 

Hace años cuando padecía de una dolorosa lumbalgia, el dolor lo veía como algo trágico y era una forma terrible de soportar. Los analgésicos eran un paliativo y había que recurrir al control mental para soportarlo. En esa época entendí que la frase de Schubert era correcta: “El dolor aguza la inteligencia y fortifica el alma”. ¡Y claro que fortifica el alma, pues necesitamos de Dios para soportarlo y poder conllevarlo.

“Las almas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir” es una sentencia de Rosales; no me gusta, pero me ayuda a entender el dolor y buscarle un significado en nuestra vida. Porque el dolor es una parte de nuestra condición de criaturas; deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad.

Hay dolores físicos que nos inclinan a morder el polvo. Son esos dolores que nos hacen recurrir al médico, cuando tenemos un dolor de muelas, una fractura o luxación de nuestras extremidades. Pero hay dolores más difíciles de conllevar, esos son los dolores del alma: la muerte de un familiar, una enfermedad incurable o una tragedia que nos lleve a dudar de la existencia de Dios. Es cuando tenemos que entender que Dios respeta esa condición temporal del hombre, y nos brinda su amor y su comprensión. Es cuando sentimos su mano cálida en nuestro hombro para apoyarnos y reconfortarnos.

Es por todo lo anterior, que al dolor no debemos de preguntamos ¿cómo combatirlo o cómo disminuirlo? sino debemos de preguntarnos: ¿cómo convertirlo en algo útil o cómo convivirlo si no podemos separarlo? Sí, el dolor es un buen maestro: nos enseña, nos ayuda a forjar nuestro carácter, y nos hace recurrir a Dios.

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