22 de Septiembre de 2018

Opinión

Amarillo desierto

Bolsas de arena se elevan y bailan en el aire, dejan caer su contenido para transformar el escenario

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Amarillo es una obra de Jorge Vargas que habla sobre la migración, en realidad el texto es breve; las imágenes y los elementos son los que construyen la puesta en escena. 

El espectáculo se inicia con imágenes de “La bestia”, “El tren de la muerte”, “El devoramigrantes”, algunos de los nombres que le han puesto al convoy que cruza México de sur a norte y en el que los migrantes intentan cruzar a Estados Unidos pero terminan robados, violados, secuestrados, mutilados o asesinados.  Se dice que maquinistas y encargados de los cambios de vías son cómplices de los Maras y los narcos que los asaltan. 

Que ellos son los que bajan la velocidad del tren en determinados tramos o avisan de los horarios de salida. Sobre “La bestia” ha corrido tinta en diversos documentales y artículos, muy poca tinta en comparación con la sangre derramada. 

Los actores de “Teatro línea de sombra” crean a partir de exploraciones corporales y una serie de recursos que establecen atmósferas únicas y en este caso, asfixiantes. Bolsas de arena se elevan y bailan en el aire, dejan caer su contenido para transformar el escenario en el árido desierto que los migrantes pretenden cruzar y que los lleva a la muerte. Breves testimonios, quizá una línea por vida, una línea que da fe también de la muerte.   

Es un pequeño de diez años que cruzaba el desierto con su madre y no la vuelve a ver, es el que intenta comunicarse con quien se ha quedado en casa y a quien prometió una vida mejor. Ropa y zapatos sepultados bajo la arena hacen cuenta de tantos y tantos migrantes sin nombre, sin estadística, sólo una huella semi borrada en el desierto. 

Esta obra lleva varios años en cartelera y ha representado a México en diversos festivales internacionales. Yo pude verla en Alemania, fui testigo del enganche del público con ella; no bastó el  aplauso interminable que hizo salir a los actores varias veces, golpes en el piso cimbraron el teatro. El idioma no fue una barrera -aún cuando algunas veces los subtítulos no iban acordes con la escena-, el público acompañó la obra con todos sus sentidos. Vale mencionar la educación que tiene el público en otro país. En México estamos muy lejos de ello. 

Por cierto que la iluminación de la obra está a cargo de un talentoso y premiado iluminador yucateco: Jesús Hernández, de quien tengo la impresión que se conoce poco de su trabajo en el Estado y vale la pena traerlo para compartir sus conocimientos que próximamente tendrán un escaparate en la cuadrienal de Praga.

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