24 de Mayo de 2018

Opinión

Anacreontes y Minoculos

Para la posteridad, la obra de Quevedo transitó un camino accidentado y neblinoso, hoy ya despejado, mientras que Góngora se convirtió instantáneamente en un clásico.

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Mi acucioso amigo intelectual, que al comentar mi artículo antepasado me porfió que “reyerta” es igual a “remuerta”, insiste en ponerme a prueba con sus agudas observaciones. Ahora me recuerda que “sicalíptica”, expresión que usé para referirme a la reyerta entre Quevedo y Góngora, quiere decir llanamente “pornográfica”, retándome a ilustrarla. Y sí, pero en su sentido más amplio de obscena.

Es una de esas raras palabras de nueva creación –cultista, lo que viene al caso- formada con los términos griegos “sykón”, higo o vulva, y “aleiptikós”, ungir, frotar, que se explican por sí mismos. Fue acuñada en 1902 para referirse a una obra pornográfica, pero esa es otra historia. 

Góngora, el cultista, a pesar de ser de costumbres más libertinas, es elíptico y llama a Quevedo “Anacreonte español, no hay quien os tope. / Que no diga con mucha cortesía, / Que ya que vuestros pies son de elegía, / Que vuestras suavidades son de arrope”, seguramente en alusión a la inclinación del poeta griego por el amor fácil y breve, la fiesta y, posiblemente, no lo sabemos, a sus versos de sexualidad ambigua y los chismes sobre Safo de Lesbos.

Mientras Quevedo, el conceptista, más rígido y atrapado en las honduras del alma, es directo en su sicalipsia: “el minoculo sí, mas ciego vulto; / el resquicio barbado de melenas; / esta cima del vicio y del insulto; / éste, en quien hoy los pedos son sirenas, / éste es el culo, en Góngora y en culto, / que un bujarrón le conociera apenas.”

Góngora, de cuna modesta, es más refinado: “Con cuidado especial vuestros antojos / Dicen que quieren traducir al griego, / No habiéndolo mirado vuestros ojos. / Prestádselos un rato a mi ojo ciego, / Porque a luz saque ciertos versos flojos, / Y entenderéis cualquier gregüesco luego.” El poeta mira desde arriba a Quevedo y nunca más se refiere a él personalmente, aunque sobreviven otros versos de lo mismo que le son atribuidos. 

Quevedo, noble y rico, el que siendo más joven se estrenó en el parnaso literario atacando a Góngora, nunca perdonó y continuó escribiendo sátiras. Compró la casa en Madrid en la que vivía un enfermo y empobrecido Góngora y lo desahució, recetándole a su muerte un cruel epitafio: “…Este que, en negra tumba, rodeado / de luces, yace muerto y condenado, / vendió el alma y el cuerpo por dinero, / y aun muerto es garitero.”  

Para la posteridad, la obra de Quevedo transitó un camino accidentado y neblinoso, hoy ya despejado, mientras que Góngora se convirtió instantáneamente en un clásico. Pero podemos recordar la luminosidad de ambos, igualados en la muerte: 

Dice Góngora: “Goza cuello, cabello, labio y frente / antes que lo que fue en tu edad dorada, / oro, lirio, clavel, cristal luciente, / no sólo en plata o viola truncada / se vuelva, mas tú y ello juntamente / en tierra, en humo, en polvo, en sombra, / en nada.”

Y Quevedo: “…médulas que han gloriosamente ardido, / su cuerpo dejarán, no su cuidado; / serán ceniza, mas tendrán sentido. / Polvo serán, mas polvo enamorado”.

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