24 de Septiembre de 2018

Opinión

Año de la Agricultura Familiar

La Agricultura Familiar rescata los alimentos tradicionales y contribuye a una dieta equilibrada, a la protección de la biodiversidad agrícola y al uso sostenible de los recursos naturales.

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La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, declaró 2014 como el Año Internacional de la Agricultura Familiar. Se trata ahora de “aumentar la visibilidad” de la agricultura de pequeña escala, que incluye todas las actividades de base familiar, como el medio más eficaz en la lucha contra el hambre y la pobreza, reconociendo su potencial para alcanzar la seguridad alimentaria en el mundo. 

La Agricultura Familiar rescata los alimentos tradicionales y contribuye a una dieta equilibrada, a la protección de la biodiversidad agrícola y al uso sostenible de los recursos naturales. Es una oportunidad para dinamizar las economías locales, especialmente cuando se combina con acciones específicas destinadas a la protección social y al bienestar de las comunidades.

La FAO enfatiza que en todo el mundo, tanto en los países en vías de desarrollo como en los desarrollados, la agricultura familiar -aquella que depende básicamente de la mano de obra familiar- es la forma predominante de producción de alimentos. 

Sólo para percibir su enormidad, el 49.5% de la población vive en la zonas rurales y una de cada tres personas trabaja en la agricultura. De éstas, más de 2,000 millones de mujeres y hombres agricultores familiares, campesinos, pescadores, artesanos, pastores, comunidades indígenas y jornaleros, no tienen tierra, por lo que la FAO les dedica especial atención. Como muestra de la desproporción de recursos, la agricultura y la silvicultura utilizan sólo el 2 por ciento de toda la energía consumida en el mundo.

Se espera obtener reconocimiento de la Agricultura Familiar por parte de organismos internacionales y gobiernos, así como del papel de las organizaciones campesinas como interlocutores esenciales ante los poderes públicos, para garantizarle un futuro sostenible y aumentar la inversión pública en infraestructura y servicios para las zonas rurales. Uno especialmente trascendente  es el reconocimiento progresivo (para mí debe ser urgente e inmediato) del estatus de la mujer rural, canalizándole apoyos directos en inversión, crédito y la titularidad de derechos de los cuales está al margen, como la tierra. Derechos  que con todo y las múltiples declaraciones, a la hora de actuar no aparecen.

¿Cómo negar el papel que tiene la mujer como centro de la familia campesina y su más que sólida capacidad para administrar sensata y equitativamente los recursos? 

Nos dice el investigador holandés Jan Douwe van der Ploeg, reconocido por su trabajo a favor de una agricultura no sujeta al tipo de desarrollo devastador que amenaza con una crisis agraria sin precedentes, que la agricultura familiar es cada vez más difícil de entender por las sociedades occidentales y “se ve a la vez como arcaica y anárquica, mientras que al mismo tiempo emerge como atractiva y seductora”. En México está más amenazada por la migración y la creciente urbanización que fragmenta a las comunidades. Retos pero a la vez oportunidades.

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