23 de Octubre de 2018

Opinión

Año nuevo

El jefe del Ejecutivo dejó de comparecer ante el Congreso, limitándose a entregar su informe por escrito, y reservando su mensaje político para la intimidad de los suyos en el Palacio Nacional.

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Por razones que algún día conoceré, el año político coincide con el año escolar. Así, mientras padres e hijos refunfuñaban por un insensato retorno a las aulas en pleno agosto, la clase política, no bien repuesta del proceso electoral, comenzaba un nuevo ciclo.

En este proceso fuimos testigos tanto de instalaciones y tomas de posesión, que continuarán por el país algunas semanas más, como de informes, destacadamente el presidencial, cuyo ritual ha sufrido profundos cambios a lo largo de las últimas décadas.

Quienes peinamos canas, y quienes ya no tienen necesidad de hacerlo, recordamos de manera vívida el viejo ceremonial del informe, auténtica fiesta de gala de la presidencia imperial, en la que el jefe de Estado iba del Palacio Nacional a San Lázaro, como antes a Donceles, a veces a pie, entre multitudes que lo ovacionaban y en las que se mezclaban militantes, mercenarios, convencidos, acarreados, acarreadores, dirigentes, ingenuos, patrioteros, nacionalistas revolucionarios sobrevivientes, curiosos y alguno que pasaba por ahí. Luego vino el fraude del ‘88 y, en su sexto informe, De la Madrid fue interrumpido en decenas de ocasiones por cuestionamientos de diputados y senadores, encabezados por Porfirio Muñoz Ledo.

En aquellos gritos, como raras veces, los legisladores eran la auténtica voz de un pueblo agraviado, que en todos los rincones del país se sentía representado en su frustración e indignación. Lo mismo ocurrió tres meses después, en la toma de posesión de Salinas, y en sus posteriores informes.

Con el tiempo, sin embargo, perdió fuerza la demanda de debatir en el parlamento con el mandatario. Prevaleció el autoritarismo que, desde el poder, no consideraban digno discutir con los diputados y, desde la oposición, rechazaban honrar a su adversario con un rito reservado a figuras más altas. 

Finalmente, el jefe del Ejecutivo dejó de comparecer ante el Congreso, limitándose a entregar su informe por escrito, y reservando su mensaje político para la intimidad de los suyos en el Palacio Nacional.

Lejos del reclamo democrático del ‘88, la distancia institucional entre el presidente y la representación popular se profundiza. El debate parlamentario entre gobierno y oposición, característico de muchas democracias, está hoy más lejos que en tiempos de aquellos festejos.

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