21 de Mayo de 2018

Opinión

Aquel nombre sin hombre

Kim Jong-un, para sacudirse de los igualados no necesita cambiarse de nombre. ¿Para qué, si es más fácil exhortar a los otros a que lo hagan?

Compartir en Facebook Aquel nombre sin hombreCompartir en Twiiter Aquel nombre sin hombre

Uno tiende a pensar que su nombre es perfectamente suyo. Como suya es la facha, las muecas, las manías, el acento, los ademanes, la caligrafía. Cosas que, se supone, nadie puede quitarle. Cosas de pronto tan mías o tuyas que quienes nos conocen las ven como muy nuestras. “Fulanita es muy ella”, decimos para hacer un cierto énfasis en el carácter díscolo, o independiente, u orgulloso, o atípico tal vez de la referida.

No es fácil comprender a quienes son muy ellos, menos aún explicar los encantos secretos de su desparpajada unicidad. El mandón norcoreano Kim Jong-un, por ejemplo, aprendió de su padre y abuelo, autócratas de muy escasas pulgas, el expansivo arte de ser siempre muy él, y como es natural no parecerse a nadie. Cosa muy simple para quien ha heredado el poder de evitar que cualquiera tenga el atrevimiento de asemejársele.

Entre los rasgos personales afines, tal vez el más disímbolo sea el del tocayazgo. Nos hacemos un guiño fraternal —“¡Quihúbole, tocayazo!”— para enfrentar el raro despropósito de que tanto el tocayo como yo pensamos en el fondo que somos nuestro nombre, y en tanto ello nos pertenece entero. Lo encontramos bien pronto entre los párrafos, lo traemos a cuento si acaso nos molesta algún apodo, algo salta dentro de la conciencia cuando alguien lo pronuncia cerca de nosotros. Y si algún antipático tiene el mal gusto de llamarse igual, ya está uno puesto para deslindarse.

El joven cachetón Kim Jong-un es tan, pero tan él, que no le basta con ir por la vida dejándose insultar por un corte de pelo en tal modo afrentoso que en mi ciudad, al menos, le valdría toda suerte de mofas y chiflidos. Por supuesto, uno entiende que el excéntrico es todopoderoso cuando aun trasquilado de ese modo no escucha sino loas y odas a su apostura. Pero el pelón insiste: no es suficiente. Si él es al fin tan él, e inclusive tan Él como la propaganda lo asegura, los tocayos tendrían que salirle sobrando.

Muchos lo han intentado por la alevosa vía de asestar a sus críos nombres “originales” y en teoría únicos, que después cargarán como un estigma y justificarán con el viejo argumento de que sus papacitos eran así: muy ellos. Poco o nada, no obstante, si se compara con Kim Jong-un, que para sacudirse de los igualados no necesita cambiarse de nombre. ¿Para qué, si es más fácil exhortar a los otros a que lo hagan?

Nada de raro habría (en un país donde los ciudadanos compiten por berrear delante de las cámaras tras la muerte del padre de su hoy “querido líder”) en que más de uno se jactara a menudo de algún rasgo común con el tirano, como el de ser su orgulloso tocayo. Y bien, ¿quién se han creído esos oportunistas? Con el fin de evitar tamaño abuso, el líder gordinflón ha ordenado que nadie en adelante pueda ser registrado con su nombre, y quien hasta hoy presumía de llamarse como él deberá registrarse con un nuevo nombre.

Me pongo en los zapatos de millares de Kim rebautizados, cuyos viejos amigos tendrán que hablar con sigilo especial para evitar llamarlos por su viejo nombre y arriesgarse a pagar sabrá el diablo qué precio por la osadía. Tampoco será bueno que nombren a Kim Basinger, pero a juzgar por el aislamiento a que están condenados no habrán sabido aún ni de Kim Novak. ¿Y qué no diera el gordo de las sienes brillosas por cambiarle de nombre a Kim Kardashian?

Un norcoreano es libre de cortarse el pelo como mejor le guste, siempre y cuando sea uno de los diez estilos autorizados por el gobierno de Kim Jong-un. En todo caso, ningún hombre puede llevar una melena superior a los cinco centímetros. Siete, si ya es adulto mayor. Las mujeres, en cambio, disponen de dieciocho cortes a escoger. Nada que luzca indigno de una feliz norcoreana, valga la redundancia, según el exquisito gusto del mandamás.

Debe de ser enormemente incómodo eso de irte a la cama sin saber bien a bien si al día siguiente van a prohibir tu nombre, o si al querido líder se le va a ocurrir que en adelante debas peinar trenzas azules o vestir mameluco de terlenka. Sólo hay que ver la anchura de su sonrisa, ese estado de gracia impermeable al ridículo de quien se sabe más Él que ninguno, ahí donde nadie más puede llamarse dueño de su nombre.

El look de Kim Jong-un tendría que ser prueba concluyente de que en esos dominios nadie puede expresar una opinión auténtica. He querido, a lo largo de estas líneas, encontrar una suerte de vocablo para referirme a esas greñitas sueltas sobre el coco pelón —no es un mohawk, ni un mullet, por ejemplo— y doy por hecho al cabo que la facha de Kim no tiene nombre.

Como no lo tendrán todos y cada uno de los escarmentados a quienes el sistema ha transformado en nadie sin que el querido líder se despeine. Porque así es él: muy él. Es como es y no se parece a nadie. 

LO MÁS LEÍDO

LO MÁS COMENTADO

NOTAS RELACIONADAS

Comentarios

Responder a  Name   
Comentarios
Responder a  Name   
Responder a  Name   
DE:(TUS DATOS)
Nombre
E-mail
ENVIAR A:(DESTINATARIO)
Nombre
E-mail
Comentarios