18 de Noviembre de 2018

Opinión

Arnoldo

Hablar de un hombre cabal como Arnoldo Martínez Verdugo no es hablar de un amigo, sino de un verdadero líder, de esos hombres a uno le cambian la vida, aún muerto...

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Con patria se ha dibujado el nombre del alma de los hombres que no van a morir.- Silvio Rodríguez

Hace algo más de diez años tuve la oportunidad de participar en un homenaje hecho por perredistas y viejos comunistas a Arnoldo Martínez Verdugo. Distintas generaciones rendíamos honores a nuestro antiguo dirigente justo en aquella Cámara de Diputados en la que, tras demasiados años en la lucha clandestina, encabezara, a partir de 1979, la reducida fracción parlamentaria del Partido Comunista Mexicano.

Comentaba yo en aquella reunión que para mí hablar de Martínez Verdugo no era hablar de un amigo. No tengo recuerdos de conversaciones tras jornadas de trabajo, de cafés tomados entre prisa y prisa o de pausas y anécdotas en el interminable camino de la vida partidista. Él era el secretario general del Partido (con mayúscula) que desde el DF abría paso a la izquierda en las nuevas rutas de la legalidad.

Yo era parte de un puñado de muy jóvenes militantes de base del PCM, que en la UDY intentábamos abrir camino político entre el conservadurismo del estudiantado emeritense, los abusos de la corrupta autoridad universitaria y la perenne amenaza de los porros. Cuando lustros después esos caminos me llevaron a la capital, Arnoldo iniciaba ya su retiro de la política y nunca tuvimos un acercamiento personal.

Fue, sin embargo, una de las más grandes influencias de mi vida.

En momentos críticos encabezó a uno de los más notables grupos de dirigentes de izquierda que este país ha tenido y que se atrevieron a pensar no sólo en otro México, sino en otra izquierda, haciendo del PC un sitio secular, alegre, racional, intelectual, demócrata y democrático donde valía la pena dejar la juventud sin esperar retribuciones económicas o de posición política.

Aquellos jóvenes yucatecos lo recibimos como candidato presidencial, con gran cariño, sin veneración y con entusiasmo. Con un reconocimiento que, de no ser por nuestra ética iconoclasta, habría devenido en admiración, pero que se acendró como el profundo respeto que se debe a quien incansable, dedicó su vida a cambiar el país y en su esfuerzo cambió también a la izquierda y a sus mujeres y hombres.

Hace algunos días, con honda tristeza, supimos que había muerto. Lo sobrevive su legado político y humano. Murió como nació: puro, sencillo y optimista/de pie sobre la tierra como un árbol/en las filas del Partido Comunista.

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