18 de Diciembre de 2017

Opinión

Ayotzinapa y los cárteles impunes

Por más que nuestros narcopolíticos, en todos los órdenes del Estado, sean cómplices, el negocio es de extranjeros. Lo dice la ONU con cifras en la mano.

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Mientras el narcotráfico pueda pagar más, cientos de veces más, a los sicarios de lo que el Estado puede legalmente pagar a sus funcionarios, policías o soldados, cualquier guerra estará perdida. Y mientras la base del sistema electoral sean el dinero y la posibilidad de lavarlo, la narcopolítica será imparable. Son cuestiones de aritmética elemental.

Se vea desde donde se vea, la razón del éxito del negocio del narco radica en la prohibición. Después y paradójicamente en el incremento y el éxito de la guerra contra los cárteles. A más éxitos del Estado, mayor incremento en los precios. Todo con otra consecuencia fundamental para los mercados: un mucho mayor éxito comercial en el negocio paralelo de la venta de armas.

Y si la guerra contra el narco la declararon en Estados Unidos y a Estados Unidos va el grueso del tráfico que cruza o se produce en nuestro país, sumado a que los grandes productores de armas son norteamericanos y nosotros no ponemos más que los muertos, estamos haciendo crecer un negocio billonario de otro país.

Por más que nuestros narcopolíticos, en todos los órdenes del Estado, sean cómplices, el negocio es de extranjeros. Esto no lo digo yo, ciudadano del tercer mundo, lo han escrito y gritado aun en la ONU figuras muy sesudas con cifras en la mano.

Desde esta perspectiva sí veo lo de Ayotzinapa como un crimen de Estado. Pero no estamos ante López Mateos contra Genaro Vázquez o Echeverría contra Lucio Cabañas. Ni Pinochet ni Videla, ni ese tipo de terrorismo de Estado son útiles al neoliberalismo financiero. Vender drogas, lavar dineros, corromper estados y, sobre todo, ampliar al máximo sus mercados de armas, eso sí.

Estamos ante la complicidad de los corruptos y ante la estupidez y el moralismo rancio de una sociedad que no exige un paso lógico: legalización y regulación del consumo, la venta y la producción de los estupefacientes. Una exigencia no al Ejecutivo, totalmente rebasado y carcomido por los cárteles, sino al Legislativo, en el que podemos influir con nuestro voto. Sólo eso desinflaría un negocio que lleva muchos muertos.

La indignación y el sentimiento de indefensión que provocan hechos como lo acontecido alrededor de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa también exigen levantar la voz con eficacia, no con la retórica de otras décadas.

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