20 de Septiembre de 2018

Opinión

Biopsia de una vida grande

El inicio, como siempre, fue lento para continuar poniendo los músculos a tono.

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Don Juanito, como casi siempre  solía hacerlo, se levantó y desactivó el despertador antes de que sonara y  de manera automática se dirigió a los tenis que desde hacía tiempo había adquirido para una ocasión como ésta, se los calzó y tras un breve  calentamiento y con pequeños brinquitos salió de su casa  muy temprano esa fresca  mañana; la calle estaba poco iluminada porque el ayuntamiento  no había cambiado las luminarias del anterior y aun así  inició su carrera.

¿La ruta? La de siempre, la que ya conocía bien por sus innumerables recorridos de preparación para los 26 maratones que había realizado en su relativa corta vida de corredor, pues empezó a correrlos después de los 55 años -solo corrió como veterano y veterano plus-.

El inicio como siempre fue lento para continuar poniendo los músculos a tono para el recorrido de más de 42 km; los primeros kilómetros son como el primer raund de box, de reconocimiento de las condiciones físicas propias y del adversario.

Se sintió sorpresivamente  fuerte, porque tenía algún tiempo de no entrenar, pero creo que el acondicionamiento  de los tantos maratones que corrió lo tenían en  buenas condiciones; continuó devorando los kilómetros a buen ritmo y ya cuando se empieza a sentir el agobio físico de la distancia  y el corazón puede quintuplicar la cantidad de sangre que mueve, el cerebro  brinda una oportunidad para el ensimismamiento.

Y, como en una película, don Juanito comenzó a  ver pasar su vida: de niño con sus padres y sus hermanos, sus aventuras y travesuras juveniles, su formación académica en ese maravilloso mundo de las matemáticas, sus logros en el postgrado, su intransigencia ante el influyentismo y la corrupción, sus prácticas sobre  el control mental, su incursión en la parapsicología y el temor del rector de ese entonces de ser tachado de brujo  cuando le sugirió que la universidad avalara esta disciplina; la enorme felicidad que le ha brindado su familia y la gran solidaridad con sus compañeros jubilados.

En estos pensamientos andaba cuando llegó a los últimos kilómetros que son realmente los más difíciles, pues prácticamente se corre con la fuerza del alma porque el cuerpo está como en piloto automático; pero seguía sintiéndose fuerte, la mejor dosificación de energía que había conseguido en su vida, sobre todo porque ya rebasaba la octava década, cuando, de vuelta al punto de partida, después de los 42 kilómetros, lo esperaban  muchos entrañables amigos  que ya se habían adelantado en el camino,  y el listón de meta era un luminoso rayo de luz que al atravesarlo fue entonces que se despertó y con una serena sonrisa  encogió su pierna izquierda.  Sintiendo  la incapacitante  terquedad de  su cutánea enfermedad y ampliando aún más la sonrisa, hizo suya la frase de  Frida (Kahlo): “Pies para que los quiero si tengo alas pa´ volar”.

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