12 de Diciembre de 2017

Opinión

Caminar el Centro Histórico

“En nuestra Mérida ser peatón representa un alto riesgo por la mala condición de nuestras aceras, cuando existen, y la falta de respeto al peatón de parte de los conductores de vehículos".

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La falta de preposición tiene sentido en el título de esta columna: no se trata de caminar hacia el Centro Histórico ni desde, ni entre, ni siquiera por, sino de caminarlo, de dejarse sorprender por él como quien charla con un amigo. Caminar es charlar por un espacio de privilegio, pleno de historia.

Estoy hablando de la ciudad de Mérida pero podría hablar de otras: de París con Nôtre Dame como corazón de la villa; del Madrid de los Austrias; Nueva York con su Central Park axial; o en la que nací, esa México, ciudad de los palacios a la que amorosamente declarara su odio el gran poeta que cumple su centenario, Efraín Huerta.

No soy un urbanista ni un guía de turistas. Soy simplemente un escritor, de esos que buscan un lugar donde sentarse a leer, a tomar notas, a imaginar, a ver pasar la ciudad por enfrente de sus narices y a encontrarse con los amigos. Y tengo, como regalo del cielo, el privilegio no solo de caminar, también de vivir en el Centro Histórico de Mérida y elaborar los rituales cotidianos que cumplimentan el clima y los horarios de esta ciudad.

Hace poco más de una década tomé una de las decisiones más felices e inteligentes de mi vida: venir a vivir en el Centro Histórico de Mérida y caminar una ciudad que me sorprende.

No me atrevería a decir nada malo de una ciudad como ésta. Por ello, para hablar de sus peligros, me permito citar a un compañero de estas mismas páginas, don Humberto Sauri Duch:

“En nuestra Mérida ser peatón representa un alto riesgo por dos razones esenciales: la mala condición de nuestras aceras, cuando existen, y la falta de respeto al peatón de parte de los conductores de vehículos que en su mayoría consideran al viandante un estorbo.”

Y tal cual. No vi un agujero en el filo de la acera y vine a caer con medio cuerpo en ella. Resultado: pie adolorido, costillas y un hueso del hombro fracturados, dientes rotos y tendinitis. Afortunadamente el flujo vehicular estaba detenido por un semáforo y los conductores no se indignaron por el estorbo que yo presentaba a los émulos de “Rápido y furioso”.

Hablé al Ayuntamiento y supe que el mal estado de las aceras era culpa del Gobierno del Estado. Como sea, estoy baldado pero quedaré como nuevo (eso espero) y dispuesto a que mi ciudad de elección no me sorprenda por irse convirtiendo en una trampa diseñada por el enemigo.

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