23 de Septiembre de 2018

Opinión

Candidatos, no se olviden de la identidad

En campañas la identidad se cree poco redituable, sobre todo en Cancún, donde el arraigo es tema abstracto...

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Debido a su condición turística y considerada por miles “ciudad de paso”, se ha convertido un asunto difícil de abordar durante el proselitismo, cuando abundan los compromisos en torno a seguridad, servicios públicos, cuentas alegres y administración eficiente; sin embargo, en Cancún se requiere un trabajo completo en la materia.

Partamos de una premisa tan irrefutable como fundamental: el municipio es la base de la división territorial y la primera instancia de identidad. 

Según registros oficiales, en Cancún conviven personas de 102 nacionalidades, 18 etnias y de las 32 entidades. Eso hace diferente a Benito Juárez de los otros 2 mil 455 municipios del país. En ese contexto debe construirse la identidad; una identidad basada precisamente en esa diferencia.

Cancún fue creada en los 70, en una realidad sociocultural muy distante a la de otras ciudades. En el centro se percibe aquello, porque no hay catedral cercana al Poder político ni otras figuras parecidas a las de una ciudad erigida en la Colonia.

Quienes intervinieron en su construcción vivieron una época marcada por la onda hippie, la música de rock y estilos urbanísticos distintos, que aquí dan cuenta los circuitos viales, los andadores, las avenidas adoquinadas y las calles con esquinas curvas. Claro, se pensó para pocos habitantes y la realidad rebasó hace tiempo lo planeado, con los resultados ya conocidos. Pero en fin, ese es otro cuento. 

Lo cierto es que en teoría y práctica la autoridad municipal es la más inmediata a los ciudadanos, aunque ninguno de los presidenciales ni los candidatos a diputados retoman en serio la temática. Están en un error: es redituable y un antecedente lo demuestra. 

Cuando el expresidente Gregorio Sánchez (hoy candidato a diputado) pretendió trasladar el Ayuntamiento al Ombligo Verde, diversas agrupaciones se opusieron ya que trastocaría la identidad. 

En la llamada zona fundacional están los símbolos de esa identidad, como el mismo Palacio, El Ceviche (o Cebiche), el Parque de las Palapas, El Crucero y otros. Es ahí donde se generan las historias comunes y los anhelos compartidos. O sea, cambiar el Palacio hubiese sido un “atentado”, lo cual no prosperó gracias al rechazo de organizaciones que defienden el arraigo. Hablamos de Identidad Histórica, la Asociación de Pioneros, la Asociación de Fundadores, el Colegio de Arquitectos y otras, cuyos dirigentes desplegan una tesis: Cancún es la ciudad más mexicana. Es decir, no fue creada por españoles en los años mil 500 sino en la época citada líneas arriba. 

La conclusión de Tiziana Roma y otros activistas fue que no había motivos válidos para colocar el Palacio junto a la Catedral, instalada en el Ombligo, porque Cancún no tiene razón histórica para imitar a ciudades como Guanajuato, San Miguel de Allende o Taxco.

En esa confusión apareció el entonces candidato Julián Ricalde Magaña (hoy presidente municipal), quien defendió los argumentos de las agrupaciones y se comprometió con estas. Ricalde sacó provechó y logró el apoyo de la mayoría. Sin el respaldo de esas agrupaciones, que mueven a cientos de ciudadanos con prestigio y desempeñando cargos estratégicos, la historia sería diferente. 

Es claro entonces que es en los municipios donde se refleja primero la pluralidad social. La diversidad, la diferencia, debe ser la base de nuestra identidad, explotando lo que sí nos une, desde la comida regional hasta el azul turquesa del litoral caribeño, un tono que al instante nos identifica en el país.

Las próximas autoridades deben considerar el tema en su justa dimensión. Estas y las que siguen deben trabajar en la celebración del quincuagésimo aniversario, sin duda una fecha que se presta para repensar la ciudad con la identidad como piedra angular. Que se comience, por ejemplo, convirtiendo el actual logotipo en un escudo con toda la formalidad que ello implica. 

En definitiva, el arraigo podría ser la plataforma desde la cual se emprendería el rescate de un municipio sumido en deudas, corrupción y tantos abusos.

Es una tarea difícil que no puede ser ignorada, menos en campaña.

DESORBITADO…

La escultura del Centro de Convenciones de Cancún tiene pendones de una empresa telefónica. Es un insulto para su artista Ernesto Paulsen y todos los cancunenses. Lo mismo ocurrió con la escultura “Yuri Knorozov” de Gregory Pototsky, del Parque “José Martí”, valuada en 350 mil dólares y vendida por un ladrón en 4 mil pesos. Si bien fue recuperada, permanece en una bodega. Ni se diga la obra “Los Niños”, de Plaza de la Reforma, hurtada durante la administración de Francisco Alor y hoy deteriorándose en un rincón. 

Además hay parques pintados de amarillo y blanco, y algunos tricolor, en alusión a partidos políticos.

Ojalá no corran misma suerte piezas invaluables del Monumento a la Historia de México (La Licuadora) o el dedicado a José Martí, ambos del cubano de la Revolución, José Delarra, únicas obras suyas fuera de Cuba. 

Todos estos, claro está, símbolos de una identidad en constante formación.

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