25 de Septiembre de 2018

Opinión

Canófilo

He tenido casi siempre cockers, pues son los más humanizados y con afinidades al hombre.

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Durante mis 73 largos años de edad  nunca había sentido tanto cariño por mis perros como se los tengo desde ya hace varios años a mis consentidos, que son todo amor y cero reclamos. Sin duda he recibido de esos nobles animales mucho cariño y más cariño.

No puedo aceptar que haya tanto odio y recelo hacia un perro, cuando éste sólo sabe dar cariño. 

He tenido casi siempre cockers, pues son los más humanizados y con afinidades al hombre. Esta raza se hizo  a modo, se cruzaron infinidad de especies y razas y por fin se llegó al cocker.

Son cariñosos, son vigilantes, son bravos, son compañeros y fieles a su amo y más que nada saben entender instrucciones, las cuales cumplen con mayor certeza que un humano.

Durante mi larga vida he tenido animales en mi casa, pero siempre tuve predilección por los perros de tamaño medio. Sólo puedo contar una anécdota de cuando era joven y me enfrenté  por primera vez a un bravo can: un pastor alemán. 

En aquel tiempo se compraba agua de lluvia a los  aguadores que llevaban un tonel sobre su carreta y de esa agua era de la que se bebía en mi casa. Por quién sabe qué causa que ahora no recuerdo, el agua se gastó y había necesidad de rellenar  la tinaja, eran dos viajes de 15 litros de agua  que colmaban una tinaja ticuleña hermosa y que nos daba agua fresca día y noche.

Para rellenar las cubetas fui a casa de  mi vecino don Carlos Moguel, por cierto dueño de la casa de deportes con el mismo apellido. 

Desde que entré con mis dos cubos el perro del señor Moguel, un pastor alemán, de nombre “Monky”,  empezó a ladrarme con tal enjundia, como nunca lo había hecho, que me dio miedo. En eso estuvo el problema: me asustó el ladrido y la cara de fiera del perro, que en un momento dado se soltó y se fue sobre mí, pero ya estaba cerca don Carlos que, preocupado, me quitó de encima al mencionado “Monky”. Terminé de rellenar mis dos cubos  con una fuerte mordida en la mano.

Pasaron años hasta que tuve a mis queridos perros, los amo y los quiero, los he visto crecer y morir; la más joven es una  schnauzer, es mi consentida.

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