19 de Octubre de 2018

Opinión

La ceguera ante el mal

Vivimos en un mundo y una realidad que acostumbramos colorear con las intenciones más sanas...

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Vivimos en un mundo y una realidad que acostumbramos colorear con las intenciones más sanas, vamos transitando por nuestras vidas intentando demostrar a los demás y a nosotros mismos que somos personas sensibles, educadas y preocupadas por el bien y la justicia; por supuesto, esa sería una agradable noticia para todo el género humano.

La verdad es que, en muchas ocasiones, nuestro comportamiento y vida no se guían por tan recomendables conductas, lo más interesante de todo esto es la inaudita capacidad que tenemos para engañarnos a nosotros mismos y acallar nuestra conciencia firmemente convencidos de vivir una vida justa e intachable.

En realidad esto no es una conducta privativa de una persona, sino más bien un elaborado autoengaño social, en el que un gran número de instituciones se coordinan de manera tal que la conciencia particular resulta adormecida ante el dictado de la mayoría.

La opinión de los múltiples sectores e instituciones que dan forma a la sociedad contribuye en muchas ocasiones a ocultar con una máscara de bondad acciones y actitudes mucho más cercanas al mal que al bien; en este enmascaramiento del mal pueden participar tanto la familia como las leyes vigentes, el sector empresarial, las instituciones educativas, el gobierno e incluso algunos grupos de la ciencia.

Nos encontramos con legislaciones como la del salario mínimo que le da un barniz de legitimidad a la explotación laboral, ya que, respetando estrictamente la ley y actuando dentro de la legalidad, es perfectamente posible contratar a una persona pagándole una cantidad que todos sabemos no permite cubrir las necesidades básicas de una persona, mucho menos es posible cubrir con tan escaso ingreso los requerimientos de una familia; no obstante lo obvio que esto resulta, muchos de nosotros andamos muy tranquilos por la vida, a pesar de pagar salarios mínimos; seguramente no lo estaríamos tanto si los recibiéramos. Escudándonos en la ley cerramos los ojos ante el mal.

Nuestras familias pueden también contribuir a esta situación cuando desde ellas formamos seres humanos que consideran que únicamente lo útil es lo adecuado, que la realización de la persona está determinada sólo por su productividad laboral, creyendo que la misión exclusiva de los padres es brindar cada vez más y mejores satisfactores materiales a los hijos; cuando lo emocional y lo espiritual quedan subordinados a la satisfacción de las necesidades materiales castramos parte de la humanidad de nuestros hijos, les enseñamos que somos cuerpo, mente y espíritu, pero los impulsamos a trabajar y satisfacer privilegiadamente nuestro mundo material, cerramos los ojos al ser humano integral y lo reducimos al mundo de los sentidos.

Innumerables empresas se dicen responsables socialmente, pero en realidad atentan contra la sociedad, ya sea inundando el mercado de productos que lejos de alimentar adecuadamente a la población los atiborran de azúcares, grasas y conservadores que sólo contribuyen a atentar contra la salud de quienes los consumen, o incentivando el consumo de alcohol o tabaco, eso sí, recomendando su consumo responsable, manipulando la realidad para adecuarla a sus intereses a través de radio, televisión, internet o prensa, creando campañas perfectamente diseñadas psicológicamente para convencernos de la gran importancia de poseer este o aquel nuevo producto, aunque la verdad no sea así.

La estructura educativa está enfocada a brindar conocimientos, habilidades y actitudes que permitirán a los estudiantes ser exitosos en el mundo laboral; esta intensa preparación brinda herramientas para sobrevivir en la jungla laboral, en la que darwinianamente sobrevive el más apto; desgraciadamente esto no garantiza que todo el bagaje educativo recibido por el alumno sea utilizado para el bien.

Contra lo que aseguran las escuelas no necesariamente lo que hayan enseñado a sus estudiantes será utilizado para impulsar el bien y el desarrollo social, sino las más de las veces lo será para impulsar los muy limitados intereses personales.

Es así como trazamos nuestro derrotero por el mundo, sintiéndonos en muchas ocasiones buenos por cumplir por delante de nuestra máscara con los parámetros que la sociedad dictamina como adecuados; mientras por debajo de ella tratamos de ocultar ante los demás y ante nuestra conciencia el mal que nos corroe, acabamos ciegos ante el mal por propio convencimiento.

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