17 de Diciembre de 2018

Opinión

Humor y libertad de expresión

No todos somos Charlie y no todos estamos de acuerdo en lo que hizo Charly Hedbo, aunque tampoco en lo que hicieron los islamistas...

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Hace dos años recibí la invitación para colaborar en la sección editorial de Milenio Novedades. Durante las entrevistas la única advertencia fue no utilizar mi columna para insultar directamente a persona alguna y evitar utilizar ese medio para mis descalificaciones personales. Estuve de acuerdo.

Hoy, con más de 104 colaboraciones, no siento marginada mi libertad de expresión por respetar dicho arreglo.

Es imposible imaginar la amplitud de temas en el universo de revistas del mundo occidental, pero recientemente el punto de discusión se ha enfocado en la relación enfermiza entre dos entes disfuncionalmente marginales que no se respetan ni toleran uno al otro.

Aunque Charlie Hebdo, semanario satírico extremista francés, se confiere el derecho de representar a toda la izquierda, es difícil suponer que sus lectores sean todas personas de amplio criterio, finura, sagacidad o una cultura general tolerante, valores normalmente ignorados por los dirigentes y líderes de dicha corriente.

En uso del derecho a hacer burla de cuestiones importantes que no entiende, sujeto a su propia interpretación, Charlie ridiculiza abiertamente a cualquiera, incluyendo Mahoma, no obstante conocer la irritación que provoca en la organización criminal Al Qaeda, minoría islamista que considera ofensas personales al profeta tales barbaridades.

Resultado: una revista estúpida que es masacrada por otros estúpidos. Porque ni Charlie Hebdo ni los infames asesinos representan remotamente, en su absurda pero autónoma postura, el sentir comunitario de sus respectivas sociedades. Tan sólo que son muy machos.

Dado que “parecido no es lo mismo” y no todos somos Charlie, me parece lamentable justificar la libertad de expresión para manosear el humor en agresión. La caricatura en provocación. No digamos la cándida propuesta de los que sugieren ignorar el semanario −como sí éste no existiese− o sugerir que el grupo terrorista se defienda a su vez respondiendo con pancartas y dibujitos.

Si un fulano le mienta la madre cabe la opción que usted, en su amparo, devuelva la mentada. No obstante la experiencia refiere que cuando la bravata se transforma en reto, bien puede acabar a madrazos con el fanfarrón. Como dice el dicho: “Si no te aguantas, no te lleves”.

¡Vaya biem!

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