16 de Julio de 2018

Opinión

Muerte digna

Es razonable que el enfermo terminal conserve el íntimo deseo de preservar su dignidad, evitando ser convertido en un objeto de sufrimiento.

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Brittany Maynard, joven de 29 años, fue diagnosticada de glioblastoma multiforme, la forma más agresiva de cáncer que sufre el cerebro. Eligió vivir cada día con fuerza, manteniéndose físicamente activa y ocupada tanto como pudo.  El tratamiento recibido había deformado su cara. Apenas reconocía en ella a la mujer de sus fotos de boda que inundaron la Red.

Luego de realizar una campaña mundial de concientización sobre la “muerte digna”, se trasladó al estado de Oregón, Estados Unidos. En comunión con su esposo y parientes ejerció su derecho a poner fin a su vida en noviembre uno de 2014. “Habla tu propia verdad, incluso cuando tu voz tiemble’”, diría ella.

Difícilmente, con la cantidad de enfermedades degenerativas, podremos inferir cómo serán nuestros últimos días. La sociedad médica, religiosa y civil apuesta por mantener la integridad de enfermos terminales a cualquier costo, estableciendo leyes que anulan la voluntad del que sufre para decidir el momento correcto de su partida.

El cuidado de un afectado de cáncer implica importantes desembolsos y requiere de especialistas en limitar dolor y sufrimiento. Los familiares con personas en esta condición, dispuestos a proveer a su pariente la mejor atención disponible, no escatiman gastos ni desvelos.

A pesar de estar informados de que los costosos tratamientos y prácticas médicas son paliativos, en su afán de amor y protección, prolongan innecesariamente el sufrimiento, sometiendo al paciente a penosas prácticas hospitalarias, arriesgando −en ocasiones −su patrimonio.

Paradójicamente, contrario a la moral antidroga vigente, es altamente probable que el desahuciado sea sedado −para eliminar el dolor− con morfina o sus derivados. Desconectado de su entorno y allegados, bajo el efecto de una de las drogas más potentes, morirá intoxicado, inconsciente y ajeno. De esta manera se evita el “suicidio asistido”, parece ser la interpretación.

Congruente con su momento, la lucidez de decidir y autovalerse, es razonable que el enfermo terminal conserve el íntimo deseo de preservar su dignidad, evitando ser convertido en un objeto de sufrimiento redundante y lucro desmedido. Mejor obviar el camino. Despedirse oportunamente con propiedad y conciencia. Elegir cuándo y cómo  decir adiós, a salvo del influjo de drogas duras.

 ¡Vaya biem!

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