15 de Octubre de 2018

Opinión

Monseñor Fabio Martínez Castilla

El Papa Benedicto XVI designó a monseñor Fabio Martínez Castilla, originario de Isla Mujeres, nuevo arzobispo de Tuxtla Gutiérrez, la ciudad más poblada y centro económico del estado de Chiapas, del que es capital.

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Ateniéndonos al factor proximidad, para los católicos cercanos al prelado, y sobre todo para sus familiares, siempre son motivo de gran felicidad estas designaciones y por ese motivo enviamos muy cordiales felicitaciones a los parientes y feligreses de Isla Mujeres y del estado de Yucatán, sobre todo de Mérida, Tizimín, Yaxcabá, Dzitás y Umán, entre otras poblaciones, donde cumplió etapas de su ministerio sacerdotal.

Me parece oportuno reflexionar acerca de la naturaleza del trabajo del ministerio sacerdotal. Los doctores son sanadores del cuerpo y los sacerdotes sanadores de almas. Los sacerdotes nos ayudan a repensar las cosas, sobre todo en ambientes de crisis personales, de crisis existenciales.


José Luis Martín Descalzo, ese gran sacerdote jesuita español que en vida tanto dio al mundo, siempre ponía el dedo en la llaga con sus escritos. Y como el ministerio sacerdotal es una vocación de entrega total, es conveniente hablar del grado de sacrificio que representa alcanzar ese grado de plenitud.

Y de nuevo aparece el sacerdote Martín Descalzo para ponernos tres ejemplos de plenitudes, citando a San Alberto Magno. Y decía de los tres géneros de plenitudes: la plenitud del vaso, que retiene y no da; la del canal, que da y no retiene, y la de la fuente, que crea, retiene y da". ¡Qué tremenda verdad!

Y decía también el sacerdote español: efectivamente, yo he conocido muchos hombres-vaso. Son gentes que se dedican a almacenar virtudes o ciencia, que lo leen todo, coleccionan títulos, saben cuánto puede saberse, pero creen terminada su tarea cuando han concluido su almacenamiento: ni reparten sabiduría ni alegría. Tienen, pero no comparten. Retienen, pero no dan. Son magníficos, pero magníficamente estériles. Son simples servidores de su egoísmo.

También he conocido hombres-canal: es la gente que se desgasta en palabras, que se pasa la vida haciendo y haciendo cosas, que nunca rumia lo que sabe, que cuando le entra de vital por los oídos se le va por la boca sin dejar pozo adentro.

Padecen la neurosis de la acción, tienen que hacer muchas cosas y todas de prisa, creen estar sirviendo a los demás pero su servicio es, a veces, un modo de calmar sus picores del alma. Hombre-canal son muchos periodistas, algunos apóstoles, sacerdotes o seglares. Dan y no retienen. Y, después de dar, se sienten vacíos.

Qué difícil, en cambio, encontrar hombres-fuente, personas que dan de lo que han hecho sustancia de su alma, que reparten como las llamas, encendiendo la del vecino sin disminuir la propia, porque recrean todo lo que viven y reparten todo cuanto han recreado. Dan sin vaciarse, riegan sin decrecer, ofrecen su agua sin quedarse secos.

Cristo -pienso- debió ser así. Él era la fuente que brota inextinguible, el agua que calma la sed para la vida eterna. Nosotros -¡ah!- tal vez ya haríamos bastante con ser uno de esos hilillos que bajan chorreando desde lo alto de la gran montaña de la vida.

Hasta aquí las reflexiones de José Luis Martín Descalzo. Pienso, después de enterarme de la trayectoria del padre Fabio Martínez Castilla, que él es de estos últimos y por eso lo eligió el Papa para dirigir a los más de medio millón de católicos de la capital chiapaneca  a partir de abril. ¡Felicidades! (Lea más de este y otros temas en www.enbocaspalabras.com.mx).

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