18 de Julio de 2018

Opinión

Vivir íntegra nuestra esencia

Renunciamos a nuestra esencia cuando, como seres humanos, nos acomodamos a los tiempos.

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Un día de junio de 2009, Asia Noreen, una católica pakistaní conocida más como Asia Bibi, trabajaba en el campo para colaborar con su esposo a mantener a sus cinco hijos.

La campesina fue enviada a recoger agua, algunas otras mujeres protestaron asegurando que al no ser musulmana contaminaría el recipiente y el agua, serían impuros y no podría beberse de ellos; las mujeres le exigieron abandonar el cristianismo, renegar de su fe católica y convertirse al Islam, a lo que ella se negó rotundamente.

Al ser Pakistán un país abrumadoramente musulmán, con leyes que protegen la religión, Asia se encontraba a punto de darle un dramático giro a su vida.

Asia respondió a las mujeres que “Jesucristo había muerto en la cruz por los pecados de la humanidad” para seguidamente preguntar a la mujeres ¿qué ha hecho Mahoma por ustedes? Una de las mujeres, esposa de un imán local, informó a su esposo lo sucedido y de inmediato Asia fue acusada de blasfemia contra Mahoma; de acuerdo con el código penal de Pakistán, la blasfemia contra el profeta del islam es un delito que se castiga con la muerte por ahorcamiento. Detenida y enjuiciada, Asia fue condenada el 8 de noviembre de 2010 a la pena capital.

El juez se entrevistó con ella y le ofreció el perdón a cambio de su conversión al islam, Asia respondió que prefería morir como católica que salir de la cárcel convertida en musulmana. Su abogado declaró que ella le había dicho: “He sido juzgada por ser cristiana. Creo en Dios y en su enorme amor. Si el juez me ha condenado a muerte por amar a Dios, estaré orgullosa de sacrificar mi vida por Él”.

El Papa Francisco ha intervenido pidiendo el indulto y su liberación. Asia se muestra feliz y orgullosa por el apoyo del Papa, pero afirma que, aunque el tribunal la declare inocente, difícilmente podrá mantenerse con vida porque los extremistas de su localidad la perseguirán a ella y a su familia; ya uno de los líderes religiosos del país ha ofrecido una recompensa de 4,400 dólares por su muerte.

Hasta hoy Asia permanece firme en su decisión e impulsada por su fe inquebrantable, decidida a vivir al máximo su origen, esencia y valores. No puedo evitar pensar en cuántos de nosotros, viviendo en un mundo mucho más confortable, seguro y liberal, traicionamos esa esencia, esos valores y pervertimos nuestro origen.

Renunciamos a nuestra esencia cuando, como seres humanos, nos acomodamos a los tiempos, nos refugiamos bajo la protección de las ideas en boga, aunque éstas vayan en contra de nuestra esencia y valores, porque es más cómodo y más fácil seguir a los borregos que permanecer íntegros y fieles a nuestras ideas. No se trata de no reconocer nuestros errores o limitaciones, se trata de la facilidad con la que traicionamos aquellas cosas en las que decimos creer para no tener problemas y asegurarnos una vida cómoda.

Así, traicionamos la idea de la familia y del hogar, cuando la volvemos un campo de batalla de egos, convirtiéndola en un frío hotel de entradas y salidas, con padres desinteresados emocional y materialmente de sus hijos o hijos sin mayor interés que los beneficios económicos que sus padres puedan darles; traicionamos la esencia familiar cuando, olvidando la convivencia de los corazones, la convertimos en un simple amontonamiento de personas.

Traicionamos la amistad cuando se vuelve una relación de conveniencias, suplantando la intimidad y solidaridad por el veneno de la falsa alabanza, llenando nuestros días de copas rebosantes de traición y llenándonos la boca con los amargos frutos de la agresión, la calumnia y la falsedad.

Traicionamos incluso nuestro trabajo cuando, por intereses monetarios o personales, olvidamos la esencia que nos dio origen, abandonamos la guía que nos impulsó y convertimos nuestra empresa en un desfile de egos y de intereses personales.

Negamos la esencia de la vida en pareja sazonando nuestros días con un afán de control enfermizo, llevando la desconfianza como pan diario a nuestra mesa, abandonándonos al placer en brazos de una tercera persona, generando un viacrucis de recriminaciones mutuas que culmina en la crucifixión de la relación. 

Por todo ello, ¡gracias, Asia!, gracias por enseñarnos con tu vida cómo ha de vivir un ser humano  nuestra esencia, nuestros valores y nuestro origen; seguramente en ti se cumplirá aquello de “todo el que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos”.

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