23 de Octubre de 2018

Opinión

Como un niño

Un tenebroso futuro parece ser lo que espera a los niños al ingresar al mundo adulto en el que transcurrirá el resto de su vida,

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He tenido la oportunidad de ver de nuevo una película de 1998 que en español se llamó “Quisiera ser grande”, con Tom Hanks; el filme nos muestra a un niño de trece años que lleva la vida típica de un jovencito de esa época, la cinta nos muestra cómo en un parque de diversiones no lo dejan entrar a una de las principales atracciones porque no tiene aún la estatura suficiente; una adolescente que es el motivo de sus ilusiones lo trata siempre bien y con cariño, lo ve como un niño y así lo trata, sin llegar a sospechar lo que siente por ella; así transcurre la vida del protagonista hasta que un día su suerte cambia en un parque de diversiones.

Se topa con una máquina con un hechicero mecánico que a cambio de 25 centavos le concedería lo que pidiera, es así como el niño pide el deseo de ser grande; un cartoncillo que la máquina le lanza le hace saber que su deseo ha sido cumplido. Al día siguiente, al despertar se encuentra atrapado en el cuerpo de un hombre cercano ya a los 30 años y a partir de ese momento es que la historia real de la película comienza a desarrollarse; entre mil peripecias trata de adaptarse a su nueva realidad y su nuevo cuerpo.

Sin profundizar en los acontecimientos de la historia, se destaca una situación muy particular: durante todo el resto del filme surgen a cada momento los contrastes entre las actitudes y comportamientos de los adultos y los que el niño en el cuerpo de un adulto toma. Probablemente la diferencia más importante es que en el niño lo que ves es lo que hay, sus acciones siempre reflejan lo que en ese momento siente o piensa. Está enfrentado a un mundo adulto en el que casi todos tienen una segunda o tercera intención detrás de todo lo que hecen. La película desnuda la falta de sinceridad, el doblez e incluso la hipocresía y falta de honestidad que se ve reflejada en el mundo adulto.

Es a través de los ojos de este preadolescente que podemos ver en lo que los adultos nos transformamos en los años que van desde la niñez hasta la etapa adulta: mientras él respondía a cualquier pregunta con lo que pensaba en realidad, los adultos lo hacían después de considerar si su respuesta sería útil a sus intereses, enmascarados todos, aparentando aquello que les permita abrirles paso lo más pronto posible a lograr sus objetivos, generando una artificialidad en las relaciones que condenaba la naturalidad y espontaneidad a la muerte, como si estas características fueran más un defecto que una virtud.

En un mundo de este tipo, el contraste entre la sinceridad y en ocasiones la inocencia del protagonista difería notablemente de las acciones calculadoras, intrigantes e incluso maquiavélicas de los adultos. Pareciera que el mundo adulto un tanto corrupto fuera la razón de la putrefacción de la sinceridad y espontaneidad de los adolescentes que van integrándose a él, porque sin llegar a ser dañado permanentemente por esta nueva realidad, el niño sí comienza con el paso del tiempo a acomodarse a la forma de ser y actuar del mundo adulto, comportándose en algunos aspectos de su vida como en su nuevo mundo nos comportamos.

La pérdida de la naturalidad, la espontaneidad, la sencillez, la honestidad y la inocencia se ven reflejadas principalmente en la práctica de las relaciones interpersonales; incluso nuestras maneras de relajarnos, divertirnos y festejar son fuertemente cuestionadas ante un comportamiento más natural y sincero de la manera de divertirse del nuevo niño-adulto.

Un tenebroso futuro parece ser lo que espera a los niños al ingresar al mundo adulto en el que transcurrirá el resto de su vida, llevando dentro del féretro del cuerpo adulto los restos de aquel niño que fueron en sus primeros años.

Sin idealizar el mundo infantil y reconociendo las virtudes, bondades y posibilidades del ser humano adulto, no deja de llamarnos a la reflexión la necesidad de cuestionarnos al final de cada día si cada uno de nosotros ha logrado preservar aquellas maravillosas virtudes que alguna vez adornaron al niño que fuimos.

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