11 de Diciembre de 2018

Opinión

Consideraciones para el previsible resultado electoral

En estos momentos de convulsión política no hay nada todavía definido.

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En estos momentos de convulsión política no hay nada todavía definido. Sin embargo, se espera que el  resultado electoral del próximo 7 de julio sea consecuencia de una serie de eventos que se fueron tejiendo para confeccionar un traje a la medida de quienes tienen el poder de decidir para dónde deben moverse los hilos de la política.

En efecto, diversas maniobras –algunas inclusive dentro del marco de la legalidad- como la caída de la coalición PAN-PRD por haber rebasado el plazo para su registro ante los órganos electorales o maquinaciones como la inclusión de Gregorio Sánchez Martínez en el Partido del Trabajo para desintegrar el voto perredista, tendrán necesariamente que ver reflejado su resultado en las urnas el día de la elección.

Para quienes dan por hecho que el municipio de Benito Juárez continuará pintado de amarillo, deben recordar que si bien es cierto que aquí el voto errático es consecuencia natural de la heterogeneidad demográfica que caracteriza a esta zona del estado, también lo es que el PRI ha perdido cuando sus candidatos a la presidencia municipal no satisfacen las expectativas ciudadanas, por ejemplo con el líder de los taxistas, Victor Viveros, quien en un hecho sin precedentes para la historia política de la entidad, fue “aventado” al ruedo dos veces contra candidatos opositores que al menos en el terreno del discurso y el clientelismo electoral lo rebasaron lo suficiente para derrotarlo en las urnas.

Aún cuando el chachismo, representado por el médico veterinario Juan Ignacio García Zalvidea se había convertido en 2004 en un movimiento in-crescendo en el ánimo de la ciudadanía tras su reincorporación al cargo de edil por determinación de la Suprema Corte de Justicia, no pudo retener un año después la silla presidencial y la joya de la corona fue recuperada  por el tricolor Francisco Alor Quezada.

A Gregorio Sánchez Martínez, abanderado del PRD en 2008 se la pusieron fácil, la obstinación dentro del PRI    por postular a quien ya había perdido la misma elección en 2002 no podía tener otro desenlace que el de la derrota electoral. No obstante, muchos se la rifaron con Viveros porque representaba lo menos malo de la oferta electoral, a éste lo acusaban de corrupción sindical y al otro de estar coludido con el narcotráfico.

La abrupta salida de Gregorio Sánchez del poder, quien fue detenido y trasladado a un penal de Nayarit para enfrentar cargos relacionados con la delincuencia organizada, parecía ser el escenario ideal para que el PRI regresara a ocupar la silla presidencial de la avenida Tulum número cinco, sin embargo no sucedió así. ¿Por qué?

Porque se dieron tres situaciones que juntas formaron la coyuntura ideal para que un hombre gris y sin más mérito que el de haber obtenido la confianza primero del Chacho y luego la de Gregorio Sánchez, ganara la elección del 2011.

Por cierto, Julián Ricalde Magaña detentó su primer cargo en la administración pública municipal apenas en 2004,  en pago por habérselas ingeniado para subirle  las tortas y los refrescos al Chacho, durante los días que duró sitiado el palacio municipal por una turba que pedía su salida inmediata. Los comestibles eran envueltos en una bolsa de nylon y desde un balcón de la parte trasera del palacio, amparados en la oscuridad de la noche, Eduardo Galavíz y otros funcionarios “retenidos” le dejaban caer una soga de tendedero para que con ella pudiera ser izada la bolsa salvadora.

Sobra decir que Gregorio Sánchez vio en Julián Ricalde a un hombre bragado, sincero y sobretodo leal. Por eso decidió, sin conocerlo lo suficiente, que merecía ser el ungido para sucederlo en el trono y le apostó todo a esa carta política, incluyendo desde luego el recurso económico para poder estar a la altura de las posibilidades electorales. Esa fue la primera condición a su favor.

Luego la peor pesadilla de los priístas se hizo realidad. El PAN y el PRD lograron consolidar por primera vez en Quintana Roo una alianza electoral que con el apoyo logístico y económico del  entonces presidente Calderón, parecía que sería invencible en las urnas. Segunda condición.

Por último, la cereza en el pastel la vinieron a poner los propios priístas. Una candidata débil, con carisma pero sin carácter, ya no tan joven y hasta con problemas de sobrepeso, fue el resultado de una negociación entre los dos grupos dominantes del PRI en el estado. La profesora Guadalupe Novelo había recibido la bendición de su padrino Carlos Joaquín González, pero no era bien vista ni fue nunca totalmente aceptada por el resto de las lideresas y dirigentes partidistas del grupo hegemónico.

Una probable concertación entre el ala dominante del PRI en el estado y el propio Julián Ricalde convertido en candidato perredista a la presidencia municipal habría tenido  como objetivo darle el voto priísta a cambio de su desligamiento absoluto con su padre político, Gregorio Sánchez. Realidad o mentira, pero Ricalde se convirtió en el continuador de la estafeta perredista en Benito Juárez, aún cuando para ello tuvo que negar tres veces el nombre de su mecenas, una afrenta que el 7 de julio próximo tendrá hondas repercusiones electorales en las urnas. 

En conclusión, el escenario para un virtual triunfo del perredismo en Benito Juárez dista mucho de ser parecido al de la anterior elección. La alianza electoral de facto entre el PAN y el PRD no es sino una carta de buena intención que ha provocado serias inconformidades al interior de ambos institutos políticos.

Ya no es Felipe Calderón el generalísimo al frente de esta batalla electoral y el PAN marcha en el plano nacional sin rumbo ni orden definido. La actitud convenenciera y oportunista del PRD por tender puentes con el PRI y con Peña Nieto inmediatamente después de la elección presidencial del año pasado,  desencantó a miles de seguidores de  Andrés Manuel López Obrador.

Y lo más grave para el PRD ahora, no hay un candidato priísta a la alcaldía de Cancún cuestionado por corrupción o una candidata surgida de una negociación política y vista con reticencias al interior de su propio partido. Más bien eso parece estar sucediendo con la aspirante Graciela Saldaña Fraire, una mujer que por cierto no llegó al Congreso de la Unión por méritos propios sino por el efecto multiplicador del voto de López Obrador.  

Paul Carrillo de Cáceres, pues, no tiene ninguna semejanza con Viveros ni con Guadalupe Novelo y las circunstancias políticas en este momento son totalmente distintas, por lo que el resultado de la elección en este municipio previsiblemente también será diferente.

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