24 de Septiembre de 2018

Opinión

¿Constitución o simulación?

La historia oficial, así como los patrióticos murales, han puesto a don Venustiano Carranza como su gran promotor.

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La Constitución que fue promulgada el 5 de febrero de 1917 tenía como fin dar un marco político y legal para la organización  y relación del gobierno federal con los estados y los ciudadanos, que hiciera posible una nación justa y próspera, pero a 96 años de su promulgación seguimos esperando que suceda el milagro.

Esta Constitución debería acogerse a la nueva ley de víctimas porque  en este periodo ha sido burlada, violada y modificada  al antojo de  los gobernantes en turno, lo que explica por qué este país es una paradoja: enormes riquezas naturales y el hombre más rico del mundo coexistiendo con millones de ciudadanos en pobreza extrema, unas leyes inmejorables en el papel –como ha dicho el presidente–, pero un altísimo nivel de criminalidad e impunidad;  los políticos mejor pagados del mundo –“político pobre, es un pobre político”–y un gran desorden administrativo y corrupción; científico  mexicano de gran valía que gana un premio Nobel para el país que lo acogió, porque no encontró en el suyo las condiciones para lograrlo.

Nuestra Constitución es un fiel reflejo de lo que  es el México actual: una  gran simulación. Simulamos ser democráticos pero nadie le cree al árbitro electoral, simulamos combatir a la delincuencia y ésta sólo crece más, simulamos hacer justicia y liberamos a secuestradores.

Desde el origen mismo de la Constitución, la historia oficial, así como los patrióticos murales, han puesto a don Venustiano Carranza como su gran promotor, cuando él sólo quería modificar la de 1857 y se opuso a algunos de los artículos medulares, como el de la educación laica o la reforma agraria y el control absoluto de la riqueza del subsuelo impulsados por Francisco J. Mújica y Pastor Rouaix,  entre otros del grupo de los Jacobinos, opuestos a los diputados conservadores allegados a Carranza.

Esta Constitución parece haber sido tratada con la antigua conseja virreinal: “Acátese pero no se cumpla”, o cuando menos con la consigna  de “a los amigos justicia y gracia y a los enemigos  todo el peso de la ley”.  No obstante que en el tiempo de su promulgación fue una Constitución de vanguardia por los derechos  sociales que promovía, en la actualidad prácticamente ha perdido su esencia original, con más de 200 modificaciones, naufragando en un mar de simulaciones  del que no se saldrá sino hasta que empecemos a ser un país que practique la autenticidad.

Aunque las escaleras se barren de arriba hacia abajo, este país sólo cambiará a partir de su sociedad civil informada y comprometida, que le haga contrapeso y sea vigilante de sus gobernantes, porque éstos sólo se comprometen con los intereses de los partidos que los hicieron candidatos y no con los intereses de los ciudadanos que los eligieron.

Saber qué es lo correcto y no hacerlo es la peor cobardía.

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