20 de Septiembre de 2018

Opinión

Corazones solidarios

La empresa Turing Pharmaceuticals adquirió los derechos para comercializar en Estados Unidos el medicamento llamado Daraprim, cuyo nombre genérico es Pirimetamina

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En el recién concluido agosto, la empresa Turing Pharmaceuticals adquirió los derechos para comercializar en Estados Unidos el medicamento llamado Daraprim, cuyo nombre genérico es Pirimetamina. La fórmula es utilizada principalmente en el tratamiento de la toxoplasmosis, una enfermedad infecciosa que es sufrida por personas con un sistema inmune debilitado; muchas personas que viven con sida sufren este padecimiento y esta medicina les permite una mejor calidad de vida, por ello es un recurso en verdad valioso para quienes ven afectada su vida por tan desesperanzadora enfermedad.

La empresa que recién adquirió los derechos sobre el Daraprim ordenó un aumento inmediato en el precio del medicamento, se elevó de los habituales $13.50 dólares hasta los $750.00, un aumento de 5,555 %. Las reacciones contra la empresa no se hicieron esperar, las críticas por un aumento tan despiadado le han llegado por todos lados, la empresa argumenta que los propietarios anteriores estaban prácticamente regalando la fórmula y que las ganancias que se generarán con el aumento de precio se destinarían a la investigación para desarrollar nuevos medicamentos.

El Daraprim se ha comercializado durante más de 60 años, tiempo en el que no ha dejado de generar utilidades a las empresas que lo han comercializado; en la actualidad el costo de producción de cada pastilla es de un dólar, situación que no parece haberle importado a la farmacéutica para incrementar el precio como lo hizo. En una sociedad en donde todo se compra y se vende, una sociedad consumista y de un materialismo salvaje, el derecho a la salud ha quedado enterrado por la avaricia de quienes únicamente trabajan, respiran y existen para ganar dinero, un capitalismo salvaje e inmoral que está dispuesto a generar ganancias sobre los cadáveres de quienes no dispongan de dinero para comprar sus medicinas.

Por estas mismas fechas, en el Metro de la Ciudad de México, un grupo de jóvenes ha llevado al cabo un interesante experimento social: colocaron a la entrada de los trenes subterráneos una mesa con un letrero que la identificaba como una taquilla solidaria y social, en ella había dos recipientes, uno vacío y el otro con un número importante de boletos para el subterráneo, una breve explicación señalaba que si tú necesitabas un boleto lo tomaras sin pagar y que si querías colaborar para que alguna otra persona pudiera tener un boleto que necesitara depositaras el importe o bien dejaras un boleto para que otro lo usara.

Los resultados han sido interesantes y aleccionadores: un 80% de las personas donaron dinero en efectivo o dejaron un boleto para el Metro, un 20 % de las personas tomó un boleto para poder viajar sin pagar; pero éste no es el único dato interesante, se observó que una abrumadora mayoría de quienes decidieron donar eran jóvenes y contra todo lo esperado no hubo robos; con la mesa a disposición de quien pasara, nadie se robó los boletos o el dinero que había en ella. Tan habituados como estamos los mexicanos a hablar mal de nosotros mismos, esto nos deja ver que somos un pueblo mucho más solidario de lo que pensamos.

Actitudes diametralmente opuestas la de una empresa cuyo único interés es generar más y mayores ganancias para sus accionistas, existiendo y respirando sólo para llevar más dinero a los bolsillos de sus integrantes, aunque para ello lo tenga que acumular sobre el sufrimiento humano y una pila de cadáveres de aquellos que no puedan pagar el precio de su ambición y, por otro lado, la de cientos de jóvenes que en su mayoría, sin contar con automóvil propio, encuentran dentro de sus limitaciones la manera de tender la mano para aquel que tiene menos que ellos; corazones solidarios y generosos que dan, no de lo que les sobra, sino de lo poco que poseen y que seguramente también necesitan. 

Muchas de estas empresas insensibles y mezquinas están formadas por seres humanos como nosotros y no podemos justificar que como empleados callemos nuestra conciencia ante semejantes atentados contra los más elementales derechos humanos, si así lo hiciéramos estaríamos replicando la cobarde actitud de quienes, participando en genocidios a través de la historia, se han escudado diciendo que sólo obedecían órdenes.

La actitud esperanzadora de aquellos jóvenes nos evidencia a todos que hay mucho más bien que mal en este mundo, pero hemos prestado siempre más tención al escándalo del mal que a la callada labor de un corazón solidario.

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