21 de Septiembre de 2018

Opinión

Cowboy con revólver digital

¿Qué está pasando que hace que perdamos la calma en época de crisis? Será la impotencia de tener que afrontar problemas económicos, morales, desempleo, enfermedad, corrupción, etc.

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Recientemente me causó preocupación un suceso, dentro de una institución del sector salud.  Llegando de una reunión, me topé con una persona en el pasillo. Con alarde de prepotencia, amenazaba a una compañera con su celular apuntándole cual cuatrero del oeste cinematográfico con revólver digital. La razón del peculiar comportamiento fue que atendió a una paciente minusválida antes que al quejoso en su consultorio. El pasaje grotesco me llevó a las siguientes reflexiones:

Las reacciones humanas pocas veces son predecibles, pero es reprobable la agresión física o verbal. Lo anterior lo menciono toda vez que los yucatecos no se caracterizan por su actitud hostil. La paciencia y la prudencia nos destacan entre otras latitudes. 

¿Qué está pasando que hace que perdamos la calma en época de crisis? Será la impotencia de tener que afrontar cotidianamente problemas económicos, morales, desempleo, enfermedad, corrupción, dependencia, por no dejar de citar. Uno o varios de los elementos expresados rompen el estado mental en que predomina la paz. Este tipo de comportamiento encajaría dentro de los que calificamos como  hiperactivos, de quienes ante pequeños estímulos pierden la calma y su capacidad de juicio disminuye francamente.

Si lo analizamos desde el punto de vista médico, este desbalance emocional galopante acelera la arterioesclerosis, afecta funciones sexuales y puede ser el desencadenante principal de enfermedades cancerosas. Desde el punto de vista sociológico, no olvidemos que “el individuo es el producto social de una historia de la cual busca devenir el sujeto” (De Gaulejac y Rodríguez Márquez, 2006). Podríamos decir que la agresividad no es sino un impulso negativo y destructor, por lo que es importante que,  ante una catástrofe o eventualidad, nos olvidemos de creencia, clases, edades, colores políticos y religión. Todos tenemos sentimientos, virtudes y defectos.

Con base en lo anterior, más allá de las vicisitudes circunstanciales que nos toman como víctimas y se traducen en patologías con síntomas dolorosos que afectan al colectivo y rebasan la capacidad instalada para la atención de nuestra salud,  prudencia, cordura y sensibilidad humana deben ser los valores claves para que unidos salgamos adelante.

Somos mucho más que cualquier imponderable; por ello, no hay que caer en la desesperación. Si bien ver la salud personal o de seres queridos quebrantada podría orillarnos a perder la calma y llevarnos a adoptar comportamientos violentos, evitar  ser presa de arrebatos inmaduros y degradantes debe ser la constante del ser humano.

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