21 de Junio de 2018

Opinión

Crónica de un encuentro con Barack Obama

Cuando se abrieron las puertas, la sensación de silencio y solemnidad me abrumó.

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Llegué a la Casa Blanca a las ocho de la mañana del martes. Incluso a esa hora, el calor y la humedad de Washington eran insoportables. El ingreso se retrasó un buen rato por una inconsistencia en el registro de invitados. Mientras se aclaraba el malentendido (y yo sudaba profusamente), tuve tiempo de observar el escenario.

Con la excepción de algunos periodistas que se dirigían a su corresponsalía diaria en la famosa West wing, el lugar estaba desierto. Nada de turistas haciendo fila para conocer la residencia presidencial, nada de bullicio. “El recorte de presupuesto del Congreso canceló los tours”, me explicaría después la representante de prensa hispana mientras caminábamos hacia el edificio principal, recordando solo una de las consecuencias de la polarización política en tiempos de Barack Obama y el antagonismo irreductible de los republicanos.

Cuando se abrieron las puertas, la sensación de silencio y solemnidad me abrumó. Había algo casi olímpico en el lugar. Pero, curiosamente, también de familiaridad. Quizá se deba a la enorme cantidad de veces que esa alfombra roja y los cuadros que cuelgan en las paredes se han apoderado de nuestra imaginación. Es, en todos sentidos, el proscenio de la historia de Estados Unidos.

Al entrar, a la izquierda, está el East room, donde velaron a Kennedy después de Dallas. Al frente, el largo pasillo por donde caminó Obama para informarle al mundo de la muerte de Bin Laden. Un poco más allá, en el enorme jardín al sur del edificio, despegó Nixon envuelto en el oprobio. A decir verdad, es imposible no emocionarse cuando se está frente al dramático retrato de Kennedy, o el legendario cuadro de 1797 de George Washington. En este país protestante, la Casa Blanca es la verdadera catedral.

En el corazón del edificio, en un espacio circular de altas bóvedas llamado “el cuarto azul”, estaban dos sillas frente a frente. Ahí entrevistaría a Barack Obama en punto de las 11 de la mañana. Ni un minuto menos, ni un minuto más.

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Antes, el equipo de prensa hispana había organizado un encuentro con Gene Sperling, director del Consejo Nacional Económico, y Cecilia Muñoz, directora de Política Nacional del Gobierno. La intención de este acercamiento con medios hispanos era retomar el control narrativo de la negociación de la reforma migratoria.

Además, con la presencia de Sperling y su largo análisis sobre los beneficios económicos de la reforma, la Casa Blanca también intentaba cambiar el sentido de la discusión: de la obsesión republicana con la seguridad fronteriza a los efectos económicos positivos de la hipotética reforma. Para varios especialistas que consulté en las horas previas, el esfuerzo se había tardado en llegar.

Los republicanos habían secuestrado el sentido del debate, llevándolo al terreno que les convenía: lejos de los evidentes beneficios sociales y económicos y cerca de los temores nativistas y xenófobos tan afines al electorado conservador. Al convocar a los medios hispanos, Obama intentaba una carambola de tres bandas: retomar las riendas del debate y dictar sus términos (la ciudadanía para los 11 millones de indocumentados no es negociable, por ejemplo), presionar y apurar a la Cámara de Representantes y transmitirle a los republicanos que el electorado hispano —al que tanto han ninguneado— está ahí, escuchando, enterándose de sus dilaciones y excusas.

No por casualidad, los periodistas que atendimos a la cita nos encontramos con Michael Shear, un colega del New York Times que había decidido cubrir el “día de los medios hispanos” en la Casa Blanca. La cobertura del Times fue amplia y generosa. Lo mismo que la deferencia del vocero Jay Carney, quien tomó nuestras preguntas durante la conferencia de prensa.

Nada de esto fue una coincidencia.

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“Llega en dos minutos”.

Con las cámaras listas, regresé por un momento al 27 de julio de 2004, a la Convención Demócrata de Boston. Tenía 29 años de edad. Esa noche me senté en el último lugar disponible en el que entonces era el Fleet Center. Desde ahí, vi aparecer a Barack Obama.

Por una casualidad, había leído meses atrás su libro Dreams from my father. Me había conmovido. El discurso de esa noche me emocionó de la misma manera. Obama escribía con una madurez inusual, y era un orador de época. Durante los cuatro días de la Convención, solo Bill Clinton lograría hipnotizar así a la concurrencia.

Al día siguiente, mandé mi crónica a Letras Libres. “Con el paso del tiempo”, escribí entonces, “Obama (…) será el primer político negro que aspire realmente a la Casa Blanca”. Nueve años más tarde, casi a la fecha, tendría el privilegio de verlo doblar la esquina de un pasillo en la Casa Blanca, vestido con un impecable traje azul, para sentarse frente a mí.

Durante la entrevista, tuve su libro a mi lado.

“¿Puedo firmarlo?”, me preguntó al final.

Me lo dedicó con su letra educada y ligeramente redonda. Hoy descansa en el centro de mi librero, para mis hijos.

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