17 de Octubre de 2018

Opinión

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Dicen que la primera víctima de la democracia fue Jesús de Nazaret...

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Dicen que la primera víctima de la democracia fue Jesús de Nazaret, crucificado por obra y gracia del respetable público, y que la segunda fue el pueblo, por salvarle la vida a Barrabas. 

Mitos y susceptibilidades aparte, lo cierto es que el preámbulo a la Pasión de Jesucristo aún existe en nuestros días: la sociedad, ciega o no tanto, se deja llevar por los gritos de unos cuantos y decide, por las malas o en las urnas, elegir con la corriente. 

Ese mismo fenómeno ocurre en las redes sociales. El juicio sumario sobre un tema o persona, es maleable, fácil de dirigir a favor o en contra de la víctima, a manos de arrobas anónimas entre la multitud. Imaginemos a una multitud digital “apostada” en un grupo abierto de Facebook administrado por Poncio Pilatos, que de repente se llena de usuarios interesados en el juicio a un miembro. 

Por más que el administrador (Pilatos) lo intente, estos personajes se adueñan de la discusión, llenan los temas y comentarios con su posición muchas veces falsa y sólo enfocada en hacer bulla. Un par de horas de memes y sombrerazos después, ya tenemos a un segundo elemento en discordia, pues Pilatos, para tratar de salir del embrollo, ofrece hacer algo que calme las aguas entre los usuarios y “trolls” que amenazan al pueblo (en este caso, el grupo): sacrificar a alguien.

La muchedumbre digital está en su punto. Pilatos, cansado o sin capacidad para imponer su voluntad en el propio grupo les ha dado la capacidad para decidir, y tal cual sucedió en Jerusalén, el respetable tiene la decisión hecha, aunque carezca de mayores argumentos que la simpatía y la oportunidad: nadie sabe ya cómo inició el show, pero todos afirman tener la razón. 

La democratización no siempre funciona en aras de la justicia, o como dicen por ahí, no es lo mismo ser justo que correcto, y más allá de la percepción entre uno y otro, el mayor peligro está en la contaminación ideológica que hoy en día se vive en las redes sociales. 

Todos tienen derecho a todo, eso ni quien lo discuta, el relajo se arma cuando todos creen tener los argumentos para decir que su opinión es la única y santa palabra del Señor, al grado de defenderla con todo y contra todos, en detrimento de la idea de intercambio ideológico y comunicación con que se crearon estos medios digitales; y bajo esta idea, de repente, transforman internet en la plataforma de desahogo para sus frustraciones, y no como un medio para conocer lo que pasa más allá de su teléfono inteligente. 

Un ejemplo muy curioso ocurrió en la Ciudad de México, con una “atribulada” madre que llevó a ver “Kung Fu Panda 3” a sus pequeños. Por error, los avances de cine transmitidos correspondían a filmes considerados “no aptos para menores” y peor aún, la cadena proyectó “Zoolander”. Craso error que la señora consideró prudente ventilar en ese momento en redes sociales por medio de una mención en Twitter… y ya. No contactó al gerente, no habló con el personal: para ella fue suficiente mandar un “tweet”, y como no obtuvo respuesta inmediata, se quejó amargamente sobre la falta de atención de la cadena de salas de cines para con sus “pobres hijos” y su día familiar arruinado. 

La pregunta sencilla es, si tanta indignación dijo sentir, ¿por qué no habló directamente con el personal en lugar de perder el tiempo en las redes sociales? Cuestiones como esta, tan reales y cotidianas, se deben resolver a la antigua y no en internet, donde asuntos personales se transforman en temas donde todos meten mano, tergiversando los hechos para magnificar algo que bien se puso resolver con un diálogo civilizado, y no un con un “tweet” mal redactado.  

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