17 de Octubre de 2018

Opinión

El cura sin cabeza

Por el rumbo de la Ermita, hay una casa que tiene en su fachada una estatua del Kulkalkin. Dicen que el cura descabezado aparecía por ese lugar.

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Evelio Tax Góngora contó en una ocasión que una familia campesina fue a su milpa de noche. Era costumbre aprovechar la temporada de lluvias para ir de cacería.

El señor dejó a sus hijos encerrados en una choza de campo y se fue con su esposa a espiar en los montes cercanos. Los hijos eran dos varones y dos niñas de 12, 10, 8 y 6 años, respectivamente.

Se les advirtió que no se pongan a jugar o gritar, porque, si lo hacían, vendría el Kulkalkin, el cura sin cabeza, y se los llevaría a su guarida. Este ser mítico rapta a los niños traviesos y desobedientes. También lleva a los adultos que alteran el orden y la paz social. Antiguamente toda desobediencia era considerada pecado.

Los hijos olvidaron las advertencias y cuando los padres llegaron sólo vieron en el suelo las huellas de las sandalias del cura.

Asustados, consultaron al j’men. Éste hizo un ritual y, al término de tres días, los niños regresaron pero estaban llenos de pánico y hambrientos. Lo peor es que les habían cortado la lengua para que nunca dijeran dónde estuvieron.

En Mérida, por el rumbo de la Ermita, hay una casa que tiene en su fachada una estatua del Kulkalkin. Según relatos orales, el cura descabezado aparecía por ese lugar cuando era monte.

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