25 de Septiembre de 2018

Opinión

Dale “me gusta” a la indignación

El cinismo en redes sociales nos permite ironizar las tragedias hasta convertirlas en chistes...

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El cinismo en redes sociales nos permite ironizar las tragedias hasta convertirlas en chistes o banalidades de café. El mejor ejemplo, tristemente, está ligado al terrorismo y a la forma en cómo vemos a las víctimas. 

Sin embargo, esta banalización es mucho más compleja –y a la vez simple- de lo que estamos dispuestos a aceptar, gracias a la maldición de lo “políticamente correcto” que corroe los cimientos de la convivencia dentro y fuera de línea. Para ejemplificar esta situación, siempre tendremos París.

Los ataques islamistas contra #CharlieHebdo y el de noviembre pasado en la capital gala, transformaron las redes sociales en una marea de indignados de ambos bandos: unos dolidos por las víctimas, otros, enfadados por la “magnificación” de un hecho que pasa todos los días en puntos menos “nice” del planeta. 

Desde ahí, cualquier tragedia, sea en Bélgica o Pakistán, tiene que soportar a quienes la hacen menos en internet, a los usuarios que afirman con vehemencia que sólo es un “hecho de guerra” al que no deberían darle tanta importancia pues, en Europa son apenas unas decenas de muertos comparados con Siria o Túnez, y sobre estos países, porque se la viven en guerra desde hace tanto tiempo, que ya no tiene sentido indignarse.  

La banalización, ironía o cinismo de los usuarios tiene sus claroscuros, sin embargo, son esos detalles los que para sorpresa de muchos, la convierten en uno de los mejores productos emanados de las redes sociales: la racionalización desapasionada de los hechos o acontecimientos mundiales. 

Gracias a internet y al caudal de medios que nos proporciona, los “tweeteros” o “facebookeros” tenemos las herramientas para juzgar, pensar y dilucidar una opinión propia sobre lo que sucede en el mundo. Seamos honestos y fríos: las tragedias siempre han existido pero nunca fueron tan conocidas o “frecuentes” como hoy, por tanto, es perfectamente normal que comparemos y pensemos un poco más allá del horror intrínseco en la muerte de otro ser humano. 

Esas “burlas” sobre el valor de un ataque terrorista o si las víctimas son rubias o morenas pueden ser muy, muy chocantes a primera vista, pero en el fondo son parte de nuestro proceso de conversión en ciudadanos digitales, y sobre todo, una muestra de que no todo lo que acontece nos atañe directamente, porque algo igual o peor, ocurre en alguna parte del mundo que nos es más entrañable o estratégica.  

No podemos ser más papitas que el papa. Debemos reconocer que en el fondo, somos tan o más “cínicos” que los usuarios que despotrican contra quienes usan los colores de las enseñas francesa o belga, pero no emplean la paquistaní, siria o palestina; pues las noticias que llegan a nuestros “timeline” depende de los “me gusta” o “follows” que hayamos dado. 

De esta forma, como administradores de nuestras redes sociales dosificamos nuestra indignación a los hechos que somos capaces, primero, de enterarnos que están ocurriendo; segundo, de ubicar y comprender; y tercero, de hallar una forma de hacer saber al mundo que #meduele la tragedia. Aunque no nos agrade, con esos tres pasos dejamos fuera de nuestro horror personal mil y un noticias, muertes o accidentes que no están lo suficientemente cerca de nosotros para sentirlos “nuestros”. Y la verdad, eso no es malo, simplemente es real. 

El partido perdido

La Federación Mexicana de Fútbol emplea las redes sociales para terminar con el famoso grito nacido en el mundial de Brasil, y aunque a muchos les cueste aceptarlo, hay dos verdades nada loables en tan singular campaña. 

La primera es que el movimiento #AbrazadosPorElFutbol no tiene nada de mensaje social desde las entrañas de la Federación: sólo buscan evitar una sanción de la FIFA por “incitar al odio”; y segundo, por más “tweets” que lancen, ese singular grito no desaparecerá porque no se originó en redes sociales: fue real, nacido en las gradas, en la gente y en la psique social de los mexicanos que  usamos “la palabrita con ‘p’”con tanta ligereza como “vieja” y “güey”, o para todo, como “órale”. 

El respeto y la equidad no están a discusión. Dentro y fuera de línea hay una cruzada por lograr la tolerancia y entendimiento, pero hay ciertas jugadas que no sirven para ganar un partido, y creo que esta que se saca de la manga la Federación es una de ella. ¿O acaso usted se pondrá a pensar, al calor y emoción de un buen partido, si sus palabras de euforia van a ofender a otro espectador que ni conoce? 

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