19 de Septiembre de 2018

Opinión

De a huevo

La mitad de la población con menores ingresos destina de un 37 a un 47 por ciento a alimentos, mientras que el 10% con mayores ingresos, sólo el 16.1%.

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En el seminario internacional “Seguridad Alimentaria en un Contexto de Alta Volatilidad de Precios de Alimentos y Baja productividad en América Latina y el Caribe”, el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, con su proverbial claridad y dicharachero estilo, dictó conferencia en la que expuso la necesidad de afrontar extensamente este problema, que impacta ya de manera notable el comportamiento de la inflación, cuyo control es objetivo número uno del Banco Central que preside.

Importante convocatoria, sobre todo si se piensa que de un tiempo para acá, los opinólogos neoliberales minimizan las oscilaciones de los precios agrícolas viéndolas  como marginales, por lo que a su  juicio no parecen requerir de alguna medida especial para proteger la estabilidad macroeconómica, salvo alguna intervención para paliar sus efectos temporales.

Sin embargo, para el ingenio popular, la industria avícola aporta ya una nueva unidad monetaria -el huevo, no el cacareo-, para medir el valor de algunos productos que acostumbran de por sí escasear en el momento en que más se necesitan, como el tomate en Navidad, para el bacalao, y el limón en Cuaresma, para los mariscos.

Así que hay que reconocerle al Dr. Carstens su claridad, adornada con la máxima de Gracián: Lo bueno, si breve, dos veces bueno, cuando compara la moderada inflación de los precios al consumidor con “las  variaciones de  precios  de  productos  agropecuarios  (que) semejan  las  fuertes oscilaciones que podría registrar un sismógrafo en el caso de un terremoto”. Y no sólo del huevo, el pollo o el limón, sino de todos los productos agropecuarios, que en menos de tres años, de 2010 a 2013, aumentaron ¡casi 20 por ciento!, de ahí la contundencia del Dr. Carstens: “Sin duda, estas oscilaciones brutales tienen un reflejo en las variaciones de la inflación general”. 

Y qué decir de su impacto en los hogares. La mitad de la población con menores ingresos destina de un 37 a un 47 por ciento a alimentos, mientras que el 10% con mayores ingresos, sólo el 16.1%. Un ejemplo dramático es el alza del huevo, que llegó a representar, por sí sola, más de la mitad del aumento general de la inflación en el segundo semestre de 2012. Al decir del eminente doctor, “ese repunte de la inflación general no iba a ceder ni por asomo mediante la aplicación de una política monetaria más  restrictiva: las  gallinas  no  ponen  más  huevos  como respuesta a un alza en las tasas de interés”.

Muchos factores inciden en los precios agropecuarios y muchos son los  frentes que deben ser atacados, algunos que nos hacen muy vulnerables como nuestra  dependencia de importaciones  agroalimentarias, de allí que sea crucial “aplicar políticas certeras y precisas para mitigar su volatilidad e incrementar la productividad y rentabilidad del campo”. Al menos podemos decir, con menor riesgo de crucifixión por parte de algún neoliberal fundamentalista, que una Cruzada contra el Hambre bien encaminada es ya una urgencia macroeconómica.

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