19 de Abril de 2018

Opinión

De uno o de muchos

A diferencia de otros años en los que las bancadas sostenían auténticas batallas campales para jalar un pedazo de la cobija hacia sus prioridades.

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A diferencia de otros fines de año tempestuosos, 2012 cerró con acuerdos en el Congreso nacional que parecen presagiar que sí se cumplirán las expectativas de llegar a las grandes reformas. Se aprobó el presupuesto sin mayores aspavientos, encaminado a cumplir los compromisos del Pacto por México, aunque sin alterar de fondo los programas que lo integran. Un presupuesto de transición.

A diferencia de otros años en los que las bancadas sostenían auténticas batallas campales para jalar un pedazo de la cobija hacia sus prioridades, esta vez hubo arreglos razonables, sin recurrir al expediente fácil de querer cargarle al déficit o al endeudamiento el crecimiento de la cobija. Esta vez se aprueba un presupuesto balanceado, es decir, que los gastos se cubrirán con los ingresos, lo cual sienta precedente para manejar un esquema acordado de finanzas sanas, en momentos en que buena parte de las economías del mundo desarrollado y emergente se debaten en el crack financiero, en el doble sentido de estar endrogadas hasta las manitas y virtualmente quebradas.

México parece estar en condiciones de enfrentar las amenazas mundiales con fortalezas que deberán ser aprovechadas con una buena dosis de prudencia compartida, pero también con la audacia y la solidaridad necesarias para generar crecimiento aprovechando nuestras ventajas competitivas en el exterior y, en el interior, impulsando el mercado interno, convirtiendo las restricciones y camisas de fuerza en oportunidades y combatiendo a fondo el espectro de la pobreza, lo cual implica distribuir la riqueza al tiempo que se genera y ampliar y fortalecer la capacidad adquisitiva de todos. El futuro tiene que ser hoy, pues los tiempos del sacrificio de generaciones o del déjame generar la riqueza primero para repartirla después, han pasado, las generaciones ya fueron sacrificadas y el becerro de oro es administrado por pocos y para sí.

El desempeño público requerirá diagnósticos valientes y medidas profundas -auténticos golpes de timón- para modificar las inercias de los programas y los presupuestos e incidir en los aspectos estructurales de los problemas, pues no hay nada peor que un presupuesto hecho confeti, disperso y atrapado en la normatitis ineficaz que alimenta principalmente a los tiburones.

El gobierno federal deberá ampliar su margen de maniobra respetando la división de poderes y la inclusión, pero atreviéndose a ejercer sus facultades y el mandato de las leyes que le otorgan la rectoría en muchos rubros de la vida nacional. Una presidencia democrática sí, pero no débil ni omisa. Al fin, tal vez, podamos en democracia acomodarnos al justo medio sugerido por Santo Tomás de Aquino: “…conviene que el gobierno sea de uno, para que sea más poderoso; pero sí se inclinare a la injusticia conviene que sea de muchos, para que sea más débil y que unos y otros se impidan; de donde nace que de los gobiernos injustos el más tolerante es la democracia, y el peor la tiranía”.

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