23 de Octubre de 2018

Opinión

Decretos

Pasé una noche de emociones encontradas: no quería regresar al Cereso pero debía terminar de montar la obra. Me tranquilicé al pensar que yo estaba ahí para enseñar teatro, no para juzgarlos.

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Hace algunos años leí en los medios locales una noticia demoledora: Por cincuenta pesos, abuela prostituye a sus nietas de cinco y dos años.

La fotografía de una mestiza con el hipil manchado, el rostro de los dos tipos involucrados quedaron grabados en mi mente. Intenté hacer algo al respecto; ofrecí a las autoridades dar un taller gratuito en albergues de niños que han sufrido violencia o abuso, les expliqué la importancia de que esos niños recuperaran el contacto placentero de su cuerpo a través de juegos y ejercicios corporales, de ayudarlos a olvidar a través del arte que es -entre otras cosas- una gran terapia para fortalecer a cualquier ser humano.

La invariable respuesta a mi ofrecimiento siempre fue: más adelante. Me sentí frustrada, no podía hacer nada por las niñas, pensé entonces que un día me iba a encontrar con los abusadores (conservaba su foto en mi computadora) y les iba a decir una sarta de groserías que terminarían cuando les aventara cincuenta pesos. El abuso de las menores me afectó tremendamente por conflictos familiares que espero un día sean resueltos y compartir con los lectores un final feliz. 

Tres años después estoy en el Cereso dando clase y montando una obra de teatro. Uno de mis alumnos, el más disciplinado, que incluso ha recibido varias veces mi felicitación por su buen desempeño, se acerca a darme la mano. Cuando lo tengo frente a mí, lo reconozco: es el violador de las niñas, la fotografía de su detención aún está en mi computadora. Un golpe de emociones me revuelve el estómago. Reviso la foto, efectivamente, es él.

Pasé una noche de emociones encontradas: no quería regresar al Cereso pero debía terminar de montar la obra. Me tranquilicé al pensar que yo estaba ahí para enseñar teatro, no para juzgarlos. Ese es trabajo del juez. Al día siguiente regresé a trabajar como si nada. Hicimos la obra y fue un verdadero suceso, aún conservo infinidad de aprendizajes y momentos entrañables vivido en el interior de la cárcel, donde, curiosamente, muchos hombres son más libres que afuera. 

Mi decreto de encontrarme con el abusador se cumplió. Ahora que lo recuerdo pienso que solemos decretar a favor de la venganza, de sentimientos negativos que parecen cumplirse en algún momento. Pero la lección del universo me hizo darme cuenta del poder de las palabras y los deseos. Es buen tiempo de cambiar el chip, de resetear nuestra máquina mental y empezar a decretar encuentros significativos, plenos de aprendizaje que nos permitan salir de la negrura en la que a veces -como una galleta en el café- sumergimos nuestra vida.

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