23 de Septiembre de 2018

Opinión

Del retablo al establo

La catedral de Mérida fue atacada el 24 de septiembre de 1915 por una multitud congregada como parte de la “desfanatización”.

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En un foto-reportaje sintético y sugerente publicado el 21 de febrero en Milenio, Christian Ayala nos informa de los trabajos de restauración que emprende el INAH de “valiosos testimonios de la destrucción” de más de 250 partes de retablos, nichos, ornamentos y esculturas de la Catedral de Mérida, en su mayor parte barrocos, dañados por el conflicto  “entre la iglesia y los revolucionarios”. La restauradora Giovana Jaspersen comenta la importancia de determinar cuáles corresponden a la Catedral, para ser exhibidos en el palacio Cantón.

Tal vez por breve, la nota es provocadora. ¿Habrá valor y oportunidad de documentar en la prometida exhibición, sin tanto  apasionamiento ni amarillismo, la verdadera historia de estos acontecimientos?

El hecho inapelable es que la catedral fue atacada el 24 de septiembre de 1915 por una multitud congregada como parte de la “desfanatización” emprendida por seguidores del constitucionalismo, que llegaba a Yucatán a combatir la rebelión de Ortiz Argumedo. Salvador Alvarado arrancaba las radicales acciones que ni siquiera Don Venustiano Carranza avalaría del todo, revirtiendo, por ejemplo, las reformas agrarias.

En todo el país se multiplicaban las noticias de sacerdotes y religiosas expulsados y de iglesias y conventos clausurados o destinados a usos impíos. Mons. Martín Tritschler y Córdova, primer arzobispo de Yucatán, vivía su primer exilio en Cuba como muchos religiosos en Estados Unidos y otros países, predicando, a pesar de todo, la moderación.

Las historias satanizadoras de ambos bandos iban desde la clásica conspiración vaticana hasta la celebración clandestina de misas y sacramentos.

En las más terribles, las iglesias eran establos, polvorines y rancho de las tropas, incluida nuestra catedral, hollada por el Atila Alvarado que habría ingresado a ella montado en su caballo.

La verdad es que los jinetes del apocalipsis contenidos con dureza por Porfirio Díaz estaban desatados y aún faltaban años de guerras facciosas y asonadas, incluida la cristera. Rumbo a Europa a bordo del Ypiranga, al ver desaparecer la costa de Veracruz, el único comentario del dictador a su ex ministro Limantour fue: “Panchito soltó al Tigre”.

México es un país parecido al ave Fénix, renacido muchas veces de sus cenizas, no sólo por la práctica de incendiarnos sino por la de reinventarnos. Don Fernando Benítez en El libro de los desastres, cuenta algunos de nuestros más impactantes intentos. Por ejemplo, con las reformas borbónicas de fines del siglo XVIII, llegó la moda neoclásica y una fiebre de transformación de edificios y santuarios que arrasó el patrimonio barroco mexicano.

En la remodelación de la catedral de México se descolgó una corona de la Virgen formada por miles de piedras preciosas que las comunidades en peregrinación entregaron durante siglos en devota ofrenda, un tesoro fabuloso que no se supo dónde quedó. Pero muchos tesoros nos quedan y otros podemos recuperarlos, empezando por la memoria. A ver.

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