13 de Noviembre de 2018

Opinión

¿Del uno o del dos?

En 1895, Amado Nervo se engolosinaba con la idea de crear un impuesto ¡a las faltas de ortografía!

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Ha causado revuelo la noticia de que los libros de texto gratuitos para la educación básica contienen 117 errores ortográficos. Son 238 millones de ejemplares con las erratas, consideradas como imperdonables por don Emilio Chuayfett, secretario de Educación, con todo el empaque para ocupar este ministerio emblemático, después de haber tenido en el foxato un titular que no había leído el Quijote. Más de dos mil millones de pesos invertidos por la administración calderonista y la falta de tiempo para corregir, provocaron que de todas maneras se distribuyeran. 

Los más optimistas declaran que los errores serán corregidos entre alumnos y docentes, lo que constituirá -dicen- un ejercicio de aprendizaje. Ardo en deseos de conocer la lista para practicar nuestra ortografía en el viejo estilo de don Raúl Prieto, el inolvidable Nikito Nipongo, autodefinido como crítico de la estupidez nacional, quien con sus “perlas japonesas” fustigó durante décadas el mal uso de la lengua. A diez años de su partida, don Raúl merecería un homenaje nacional al que podría concurrir el resultado del ejercicio de corrección de las famosas 117 erratas. 

Dentro de los optimistas se encuentra el titular de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, Joaquín Díez-Canedo, quien en entrevista publicada por Milenio dijo que no vale la pena buscar a los responsables porque “podría tratarse de un corrector de estilo ‘freelance’ que gana 3.000 pesos… Todo el que lee, si suena el teléfono o tiene ganas de ir al baño, pues te distraes, se te puede pasar una palabra” y resaltó el grado de exactitud de los libros: “Un libro puede tener 75 mil palabras o 100 mil en promedio. ¿Cuánto son 117 errores en 117 palabras de 100 mil? Supón que los 117 se encontraron en un solo libro, es punto uno por ciento; es decir, 99.9 es correcto y eso es un grado de exactitud importante”. Una perla para la historia, con la que los imperdonables son justificados.

En otra nota deliciosa, la periodista Bertha Hernández recuerda que “hacia 1895, Amado Nervo se engolosinaba con la idea de crear un impuesto ¡a las faltas de ortografía!”, lo que se puede capitalizar en la reforma fiscal. Los posibles evasores tendrían que escoger entre mejorar su ortografía o enfrentar a un SAT más imperioso que la Real Academia. 

Antes, para quienes aspiraban a desempeñarse en un oficio que requiriera estar alfabetizado, no tener faltas de ortografía era considerado dentro de los mínimos para ser presentable, de manera que cuidaba uno que al menos los zapatos, los dientes y la camisa, estuvieran limpios, y que nuestros escritos de prueba no ostentaran una ominosa falta de ortografía, equivalente a una mancha de aguacate y chipotle en la camisa. Hoy bastará con decir que tuvimos que ir al baño a hacer del uno o del dos, dependiendo del tamaño de la “errata”. Aunque confesar haberse meado o zurrado por una falta de ortografía, no deja de ser bastante autocrítico.

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